Un rostro sin ayer

Como deben haber notado los que me han seguido en este blog, a mi me gustan las historias con algún guiño fantástico.

Y voy por ahí coleccionando, recolectando, rescatando narraciones que de pronto nos enfrentan con la posibilidad de que haya un orden diferente al que nos propone la realidad, que a veces resulta un poco aburrido.

Tengo un amigo. Lo conozco hace añales. Somos de la misma edad y nos conocimos en la escuela, porque hicimos juntos la preparatoria. Siempre me cayó muy bien porque sentíamos debilidad por un montón de cosas, jugar fútbol, ciertos autores de literatura negra, la cerveza oscura, el cine de los grandes directores y la música de rock contestataria y rebelde.

También intentamos añadir a esta lista otra montaña de snobismo, ser los primeros de nuestra generación escolar, en leer a Nietzsche. Creo que después de ochenta páginas de “Así habló Zaratustra” abandonamos la misión. No entendimos una chingada. Mejor leímos “2001 una odisea espacial” de Arthur C. Clarke y escuchamos a Richard Strauss. Ah, bebimos más cerveza oscura.

Hace un tiempo me llamó su esposa. Mi amigo estaba en el hospital. Había sufrido un infarto. Por supuesto que corrí a verlo.

El primer día ni pudimos hablar. Estaba muy mal. Para poner las cosas en contexto dramático usemos el cliché: estaba al borde de la muerte, recluido en terapia intensiva después de una cirugía en el corazón.

La esposa me platicó que habían ido al teatro. Todo estaba bien. Veían la obra y se reían mucho, pues era una comedia muy graciosa. En el intermedio se levantaron y salieron al vestíbulo. Él fue a comprar un refresco, ella al sanitario. Cuando estaba en los servicios, percibió que afuera había una conmoción. Gritos, exclamaciones, gente que corría. Cuando salió, su marido, mi cuate, estaba en el suelo inconsciente sufriendo el infarto.

Si algún día te da un infarto ojalá y sea en sábado en la noche. Gracias a esto, y que no había tránsito, la ambulancia llegó veloz y le dieron tratamiento a tiempo.

La verdad me asusté. Mi cuate no fumaba mucho. No tomaba mucho y a veces iba a caminar por las mañanas a los viveros. Estaba pasadito de peso, pero nada del otro mundo.

Al día siguiente me puse a dieta y me subí a la bicicleta estática.

Pasaron los días y mi migo mejoró. Mejoró notablemente. Lo fui a ver casi a diario y yo notaba que cuando llegaba, su ánimo cambiaba. Yo interpreté que aquella ansia, aquel entusiasmo, era porque le daba gusto verme.

Con el tiempo descubrí que lo que pasaba era que se le quemaban las habas por contarme la razón por la que le había dado el infarto.

Pero eso tuvo que esperar hasta una tarde en la que se le fugó a la esposa y pudimos encontrarnos en la plaza de Coyoacán. Testigos del encuentro fueron unas botellas de cerveza oscura, una tlayuda para mi, una ensalada con tasajo a la plancha, para él.

Y me comenzó a contar.

¿Te acuerdas de Mónica? me preguntó a bocajarro.

¡Cómo olvidarla! le contesté.

Era una muchacha hermosa que fue su novia en primero de prepa.

Además de hermosa era simpática, agradable, solidaria, jaladora y una actriz extraordinaria. Sin duda, la estrella del taller de teatro escolar, en el que participamos alguna vez.

Mónica era blanca, de cabello castaño. Era chaparrita pero su cuerpo lo habían diseñado los anónimos escultores griegos, que en el mármol blanco habían esculpido esas Venus de muslos grandes, caderas generosas, pies pequeños y provistas de buenas reservas alimentarias, en ciertos lugares que a mi me agradaban mucho.

Ahora que lo más impresionante eran sus ojos. Una colección de vidrios de colores. Eran verdes, azules, amarillos, grises y café. Todo al mismo tiempo y a como recogieran luz. Los ojos de aquella chiquilla eran el tesoro más preciado de aquella pulguienta preparatoria.

Debo confesar, y ya lo estarás sospechando, que si no hubiera sido la novia de mi cuate, no la hubiera dejado pasar. Por lo menos le hubiera hecho el intento y hasta un poco más.

Pero era novia de mi amigo.

Bueno y a todo esto, ¿qué con Mónica?, le pregunté al infartado mientras le daba un trago a un Whisky de una malta. Y aquí reproduzco de memoria lo que pudo haber contestado, palabras más, palabras menos.

¡Ay mano! ¡Mónica! Tú sabes que fue mi primer amor. No que fuera mi primera novia, que ya había tenido algunas cuando la conocí, pero si fue de la primera que me enamoré. ¿Te acuerdas? Solo pensaba en ella y era el centro de toda mi existencia. Por ella hubiera dejado la cerveza oscura. Por ella hice el ridículo en el taller de teatro. Yo no actuaba una chingada, pero así podía verla más tiempo y admirarla toda. Me encantaba verla actuar. Con aquella poca técnica, pero qué derroche de talento, de intuición, de capacidad innata. ¡Qué carisma! En los ejercicios, en las improvisaciones, en las obras, era la que destacaba. La que borraba a todos los demás actores en el escenario. ¿Te acuerdas todas las flores que le llevé? ¿Los chocolates, las cartas que le escribía? Me traía de purititas nalgas arando el pavimento.

¿Por qué terminaron? me atreví a preguntar, pues genuinamente no recordaba el episodio.

Porque la sacaron de la escuela, me contestó tan enojado. Porque su papá construyó una casa en la chingada y hasta allá se la llevó a vivir. Adelante de Satélite que en aquel 1977 era como ir a la luna. Yo no tenía coche. Ir hasta allá era una aventura de locos. Y ella entró a otra escuela y pues hizo sus amigos y yo los míos y nos dejamos de ver.

Si, ya me acordé.

Hablábamos por teléfono a veces, pero las cosas se fueron enfriando. Un año fuimos novios y casi te puedo decir que fue un año tan bonito… ¡no te rías pendejo! ¡Ya sé que es una babosada lo que estoy diciendo! ¡Que éramos unos chamacos tontos! Inocentes… muy inocentes. Jamás hicimos el amor por ejemplo. Todo era muy platónico, muy idealista, muy… ¡menso! Pero también de una pureza inaudita. Y pasaron los años. Un día leí un libro y… no te voy a decir cuál porque tú también lo leíste…

Dime cuál.

No te voy a decir.

Ándale cuál.

No carajo. Uno de ciencia ficción donde había un personaje, donde en esa simpleza de mujer, esa inocencia, esa belleza, creí ver a Mónica. Ya había pasado tiempo, pero me acordé y sentí un poco de lo que alguna vez sentí por ella. Tan solo un poco… y fue suficiente para que la buscara. Por ahí tenía el teléfono y le marqué. Ya no vivía ahí. Ya nunca supe más de ella. Y eso fue… no sé cómo definirlo, pero me quedé con Mónica clavado en la cabeza. Muy en el fondo, pero allí estaba clavada, idealizada, infatuada, recordada. Tal vez no haya pasado, desde aquella fecha, un sólo día en el que no me haya acordado de ella. Y al acordarme… sigo sintiendo un calor en las tripas ¡Salud!

Ya casi me ganaba la risa ante tanta miel, pero me aguanté.

Bueno está bien la confesión, pero qué tiene que ver con tu infarto, cabrón.

Guardó silencio, puso en orden sus ideas y me atacó.

Tú una vez dijiste algo sobre la risa de Mónica. Acuérdate.

Lo único que me acuerdo era que tenía una risa muy peculiar.

¡Eso! Una risa inconfundible.

Era muy escandalosa.

Si, pero adorable. Yo que la tuve un año completo junto a mi, lo único que quería era que se riera, que riera todo el tiempo porque así sabía que estaba contenta, que era feliz a mi lado. Tú dijiste una vez que en un grupo de personas, si se reían, sabrías distinguir perfectamente si estaba Mónica.

Éste comentario me llevó por un momento a las épocas que hacíamos teatro. En las que yo ensayé a ser actor. En los ejercicios y en la improvisaciones, cuando uno buscaba la reacción del público para saber si ibas bien o te regresabas, la risa de Mónica destacaba inmediatamente y era, tengo que reconocerlo, una sensación maravillosa. Te indicaba que estabas llegando al sentimiento de alguien. Y  cualquiera que haya estado cagándose de miedo en un escenario, podrá decirte que eso es lo más importante.

Bueno, no me acuerdo haberlo dicho con esas palabras, pero si. Definitivamente pude haberlo hecho.

Pues bien… y el gesto de mi amigo se hundió en la gravedad. Y grave continuó.

Siempre pensé que algún día iba a encontrar a Mónica. Que iba a escuchar su risa en una muchedumbre, que iba a ver su nombre anunciado en una marquesina teatral. Pero pasaron los años. Amo a mi esposa, amo a mis hijos tú lo sabes, pero siempre en el fondo tenía clavada a esa mujer.

¡No mames! le dije al adivinar el desenlace.

¿Qué cosa?

Que te la encontraste en el teatro y te dio el infarto.

Espérate cabrón, no tienes ni idea de lo que pasó. Fui al teatro con mi esposa a ver una comedia babosa y comercial. Un asco de obra. Y desde que empezó… ¡la risa! ¡Puta madre! ¡Ahí estaba! Seguro, entre aquellas ciento y tantas personas destacaba su carcajada, tal como lo había imaginado.

¿Y luego?

Llegó el intermedio y yo me paré y empecé a buscarla entre la gente. Y me salí al vestíbulo del teatro. Mi mujer me dijo voy al baño y yo a toda madre, porque así la iba a poder buscar mejor. Y me fui a un rincón y caminé para allá y para acá. De repente… la risa en medio de un grupito de personas. Me di la vuelta, caminé. De pronto, entre la gente, ¡Mónica! Pero no la señora de cincuenta años como tú o como yo. ¡Mónica, mano! La que actuaba, la de diecisiete, la que era mi novia, el amor de mi vida. Las tripas me hirvieron en asombro y ese calor me subió al corazón y me dio el infarto.

Guardé silencio. Él jadeaba un poco. Tomó aire profundamente. Un trago y continuó.

Fue tan impactante verla otra vez. Regresar en el tiempo a ese rostro sin ayer. Estar a unos metros de esos ojos que me emocionaban, a esa risa que era todo para mí, que no pude soportarlo y caí fulminado. Desperté en un hospital.

Dejé de reírme.

Contemplé los ojos de mi amigo arrasado por las lágrimas y escuché sus últimas palabras ahogadas por la emoción. Y eso, y lo que me estaba diciendo, me dejaron congelado.

Ante esa declaración tenía que reaccionar. Intentando sacarlo de su amargura, con todo el tacto del mundo, le dije:

¿No crees, simplemente, que todo lo que habías fantaseado alrededor de ella, te está jugando una mala pasada?

No, cabrón, no. Era ella. Mónica. Sigue teniendo diecisiete años, mientras tú y yo y todo el mundo hemos envejecido y nos hemos hecho esta mierda que estamos hechos.

Ante tal declaración no me quedó otra que preguntar: ¿Lo dices en serio?

¡Por supuesto!

Me contestó tan enfático que ahí me di cuenta porque había dicho aquello de hacer el ridículo en las clases de teatro. Era un sobre actuado de nacimiento.

Afortunadamente la sobre mesa no duró mucho más.

Mi amigo pidió la cuenta.

Cuando nos despedimos yo pretexté que iba al baño. Subí a los servicios pero para cagarme de risa. Era horrible pero después de toda aquella declaratoria arrebatada y cursi, me convencí de que la raíz de los peores males del ser humano, siempre es su propia mente. Aquel había sido un infarto psicosomático. Cabalgando en sus frustraciones de joven, mi amigo había dado rienda suelta a su fantasía. La culminación había sido un rostro sin ayer y un infarto masivo.

Pero lo más grave era la solución que se proponía, una mujer que al conservar su belleza se establecía como una singularidad del universo. Una mujer a la que el tiempo no le pasaba por encima.

Por supuesto que mientras me reía en el retrete del restaurante, pensaba en que debía solucionar este embrollo. Tal vez encontrar a Mónica para pedirle que me recomendara a su cirujano plástico. Y no para mí, que me importa muy poco la conservación de mi belleza juvenil porque nunca la tuve. Sino para tanto monstruo que vemos en la tele. Esas actrices que pretendiendo evitar lo inevitable, se vuelven un amorfo testimonio de la vanidad. Y queriendo conservar su lozanía, se acaban dando en toda la madre.

Claro que del baño a mi casa solo pensé en una cosa. Rastrear por las redes sociales a la bellísima y jovencísima Mónica.

Un par de días después volví a encontrarme con mi amigo.

Par de panzones, y yo remojando mis barbas por aquello del infarto, lo invité a caminar a los viveros de Coyoacán. Al saludarnos inmediatamente sentí cómo ese par de días habían actuado en su psicología. Estaba mansito, cariñoso, extremadamente cordial. Seguro se había dado cuenta de que eso de pensar que Mónica seguía siendo una niña de diecisiete años, era una soberana tontería.

Nunca te has metido al Facebook ¿verdad?

No, mano. Me da mucha hueva.

Y lo acribillé.

Gracias a esa hueva había encontrado a nuestra a nuestra compañera. Una mujer de cincuenta años que parecía de…. El chiste es que tenía una hija de diecisiete que parecía de diecisiete y era exactamente igual a su madre.

La que tú viste, o quisiste ver en el teatro, fue a la hija. A la que escuchaste reír, sin duda alguna fue a la madre, a nuestra compañera, a tu novia. Ella debió de haber estado junto a la muchacha, pero no le prestaste atención. Y yo sé porqué.

¿Por qué?

¿Estás seguro de que quieres escuchar mi respuesta?

Si, seguro.

¿No te va a dar otro infarto?

No, ándale… desembucha.

La preciosa Mónica es hoy un tonel de más de cien kilos. Es gorda, rotunda, volumétrica, cetácea. Sigue teniendo un rostro decente y, eso si, unos ojos bellísimos. Pero por su tonelaje, ni la volteaste a ver.

Vinieron las risas, las sobadas, el bálsamo para los exabruptos y el fin de un misterio que había resultado polémico y fascinante.

Y seguimos caminando.

Hoy me habló mi cuate. Ya es miembro de una red social y ya está en contacto con Mónica. ¿Le contará, alguna vez, todo esto?

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Smith River, una Aventura en Montana.

Hace algunos años viví una de las más gratas experiencia de toda mi vida. Remontar 100 kilómetros a golpe de remo, en un río salvaje, del salvaje estado de Montana, en los Estados Unidos.

De regreso en México y para que no se olvidara la experiencia, escribí una crónica del viaje y lo publique en la prestigiada revista “Travesías”. Prestigiada pero fraudulenta. El artículo nunca me lo pagaron, a pesar de haber sido finalista y segundo lugar en un concurso que premiaba a las mejores piezas sobre periodismo de viajes, que hablaran sobre los Estados Unidos. Por ahí tengo incluso un diploma que me otorgó la embajada, firmado por Tony Garza, en aquel tiempo el ilustre embajador.

Al artículo me lo encontré el otro día y se me ocurrió que podía ser una pieza interesante para mis amigos que me siguen en este blog, que aunque ustedes no lo crean, cada día son más. En fin, que aquí está mi aventura en Montana, dedicada muy especialmente al Doctor Diego Genovés, porque siempre hemos querido tener un rancho de caballos, por aquellas tierras.

El Smith River desde la cueva de la pinturas

SMITH RIVER

¿Sabe usted la diferencia entre ser viajero y ser turista? El turista es ese despreciable ser que con una sonrisa babosa en la cara, se enfrenta al viaje sin saber nada, consultando mapas y comunicándose en un pésimo lenguaje, según al lugar en el que esté. Siempre cansado, siempre tomando fotitos y siempre conociendo los lugares, con los ojos de otros, como aparecen recomendados en superficiales publicaciones, o como el amigo de un amigo se los platicó.

El viajero no se aleja mucho de esta descripción, también cuelga de su cara la misma sonrisa, la cámara para las fotitos, no sabe hablar el idioma y por supuesto, sigue las recomendaciones de guías, revistas, amigos y enemigos. La pequeña gran diferencia entre ellos, es que el viajero se deja habitar por el espíritu de los lugares visitados, escucha los ecos milenarios de las ruinas y recorre los caminos con los pasos de quien sigue a un gran maestro. El viajero aprende y se renueva en cada viaje. El turista regresa siendo la misma persona, impermeable a la experiencia. El turista ve, el viajero observa.

El turista que viaja a Nueva York regresará hablando de un montón de atracciones, dará exactas direcciones de restaurantes y teatros donde vio comedias musicales. También te recomendará tiendas de baratijas, de ofertas inenarrables. Un amigo mío, admirado viajero, me dijo regresando de esa ciudad: “Nueva York es una sonrisa. Son dientes sus filosos edificios, muelas sus estrechas avenidas. Su vertiginoso movimiento… mordida… mordida.” El turista regresa con cosas que compró, el viajero vuelve envenenado de las cosas que mordió.

Lo curioso es que yo meditaba sobre este tema cuando fui invitado a un viaje verdaderamente diferente. Al evento en donde todas mis sesudas elucubraciones sobre el caminante que hace al camino, se iban a poner a prueba. Se presentó la oportunidad, el pasado verano, de remontar 100 kilómetros de río, en el boreal estado norteamericano de Montana. Cinco días alejado por completo de todas las comodidades que no pudieras cargar en una lancha inflable. Eso quería decir una vena del “viajerismo” que yo había despreciado desde siempre. EL que se hace durmiendo en tiendas de campaña, cocinando en estufas portátiles, comiendo guisos elementales y hasta un poco salvajes. El que requiere de peripecias de yogui para cosas tan sencillas como “ir al baño” y que no contempla en su diccionario las palabras “agua caliente”.

El reto vino directamente de mi hija, una niña de seis años llamada Eréndira, que me dijo con una risa muy burlona “Tu no eres capaz de hacer eso papá. A ti te gustan los hoteles y los restaurantes. Viajar en coche o en avión, no en lancha.” Pronto comprendí que estaba sentenciado, que tenía que hacerlo si quería seguirme preciando de ser un viajero.

No tenía escapatoria. Al río.

El Smith River es un río caudaloso y fresco. Sus aguas son los últimos y profusos deshielos que los calores del verano producen en las nieves de las montañas de la “Continental Divide”. Es, ha sido y será, famoso entre los pescadores, sobre todo aquellos que practican la grácil disciplina del “Fly Fishing”, pues sus aguas abundan de peces aficionados a comer mosca. Entre ellos, truchas de diversas denominaciones y nomenclaturas. El río es afluente del “Missuri River”, que a su vez desemboca en el padre de las aguas, el “Mississippi”, el río más extenso del mundo, el que nace en los grandes lagos y cruza los Estados Unidos para desembocar en el Golfo de México.

Los primeros en remontar las aguas del Smith River, fueron Lewis y Clark, dos viajeros de legendarias proporciones. Eso sucedió en el siglo XIX con canoas de piel de Bisonte y guías indios. Ahora a principios del siglo XXI, hay dos maneras de revivir la epopeya. Una opción es pagar 3300 dólares a una compañía especialista en excursiones. Ellos se encargan de llevar las lanchas, los guías, suculentas comidas, acondicionar los campamentos y proveer de todo lo necesario. Uno se encarga de llevar la caña de pescar y aventar de la manera mas graciosa posible, la carnada de mosca. También de tomar las fotitos y poner cara de tarado ante el impresionante paisaje. Como te está imaginando la opción 3300 dólares quedó descartada por turística.

La manera de los viajeros es haciendo circo, maroma y teatro para conseguir todo lo necesario para remontar el río. Esta es la manera de los locales, de los habitantes de Montana y con un grupo de 45 de ellos me dispuse a hacer el viaje.

Desde el mes de Febrero de este año, las cuarentaicinco personas del grupo entramos a una lotería en internet, para ganar uno de los ocho permisos que se otorgan al día, para poder hacer el viaje. Debido a la gran cantidad de gente que quiere hacerlo, la administración, pone a la suerte los lugares y sus afortunados ganadores. Al participar tienes que pagar 40 dólares. Si no ganas se te regresan. Al llenar tu forma propones tres posibles fechas para entrar en el río. Afortunadamente ganamos tres lugares en la misma fecha. Por cada permiso pueden entrar quince personas.

La logística para llegar equipado es monumental. Lo más importante es tener la lancha con los remos. Estas fueron rentadas en una casa especializada en la ciudad de Helena, Montana. Por trescientos billetes verdes y un depósito de tarjeta de crédito, conseguimos nuestra lancha. Cada lancha transporta a cuatro personas y a lo necesario para que esas cuatro personas sobrevivan la experiencia. Se infiere: tienda de campaña, bolsas de dormir, ropa y cachivaches de cocinar. Equipo vario, cámaras fotográficas y, muy importante, comida, bebida, agua y leña. Cada lancha transporta una o dos hieleras donde se mete la comida perecedera. En algunas lanchas la comida es lo de menos. En esas hieleras abundan las cervezas.

Para llegar a la entrada del río, un lugar llamado “Camp Baker”, se rentó un autobús escolar y dos camionetas con remolque. Una cargando hieleras, la otra las lanchas desinfladas. En Camp Baker, tienes que escoger lugares para pasar la noche cada uno de los días que vas a viajar. Los lugares están designados y sirve para que haya un control de la gente en el río.

Después de armar las lanchas, cargar todas las cosas y organizarnos, partimos a nuestro primer destino, el campamento Indian Springs a diez kilómetros. Claro que como buen viajero quise remar desde el primer día, pensando que conducir un bote era cosa de niños. Que equivocado estaba. La corriente no es muy fuerte pero debido a que no hay mucha agua, tienes que ir evitando piedras y bajos, lugares en los que te vas atorando. Así, tienes que conducir muy bien el bote, sorteando los peligros. Un remazo aquí, dos más para allá y yo no entendía cómo conducir el hinchado casco para no chocar contra todo, para no atorarme en las piedras, para avanzar con celeridad.

Lo curioso es que al entrar al río los cuatro navegantes de mi lancha, nos quedamos en silencio. ¿Sería posible decir algo ante la belleza del paisaje? Lo mejor era callar. Cañones de piedra amarilla cerrando el cauce del río. En las alturas pinos verdes, casi negros. A veces parches nevados en medio de cenizas tibias.

Las primeras en resentir el castigo fueron mis manos. A la hora de estar remando comencé a sentir el característico y muy humillante dolor de las ampollas. La burla fue inmediata, ¿qué esperaban?, tengo manos de escritor. Un poco después los brazos, los hombros y la espalda. Al llegar al campamento, un par de horas después, ya me dolía toda la existencia. Pero no paras. Después de desembarcar todo, hay que armar el campamento y ayudar para hacer la comida. Hay que hacer el fuego, poner casas de campaña, inflar los colchones para debajo de las bolsas de dormir. Hay que acondicionar la letrina y mi hija quiere ir a conocer los alrededores. Subimos una pequeña montaña y pudimos observar como iban llegando lentos y extasiados los demás expedicionarios.

El campamento es dominado por las mujeres. Son ellas las que ordenan, las que cocinan, las que disponen las cosas que hay que hacer. Los hombres cooperamos sólo con nuestra fuerza bruta y nuestra innata habilidad para hacer el fuego. La mujer y su inteligencia, su costumbre práctica se erige en estas circunstancias en la madre rectora. Vivimos pues en el matriarcado que hace la primera cena del viaje, unos burritos que me saben a pura gloria aderezada con delicia.

El sol se mete a las nueve y media de la noche y para cuando me voy a dormir, a eso de las diez y cuarto, todavía hay suficiente luz como para no usar la linterna.

Al día siguiente me desperté temprano, hice el fuego después de varios intentos. Preparé el café para los demás que fueron saliendo poco a poco de sus tiendas. Después de un desayuno, partimos a la aventura.

De aquí en adelante no hay detalle. Se entra en una rutina fácil donde se carga, se rema, se come, se admira el paisaje, se ven cantidad de animales. Se llega al siguiente campamento para cenar, para platicar, para tomar un vino a luz de las fogatas, para admirar las estrellas, (en mi vida había visto tantas), para dormir como nunca. Al día siguiente se sigue la rutina llena de sorpresas. Un día subimos una montaña para llegar a una cueva donde había pinturas rupestres. Manos anónimas habían advertido al viajero de los miedos de los milenios. Por eso pintaron con pasmosa síntesis unos osos, un rayo, las estrellas, algunos hombres malos.

Lo que comienza a ser diferente es uno mismo. De pronto me doy cuenta de que estoy aprendiendo a remar, que ya no voy dando tumbos y que el ritmo del agua comienza a ser mi amigo y no me peleo con él. También mis manos se adaptan al castigo y construyen rudos callos que soportan el trabajo. Mi habilidad con el fuego llega a la maestría. Mi inglés ha mejorado bastante. Me comunico perfectamente con todos los integrantes de nuestro grupo y hasta paso divertidos momentos escuchando sus historias, sus miedos y esperanzas. Me acerco mucho a mi hija y a mi esposa y compartimos momentos maravillosos, chispazos que nunca olvidaremos, como aquel venado de siete puntas que cruzaba el río al atardecer, o el majestuoso vuelo de un águila calva, la víbora que salió volando de dentro de un palo que había improvisado Eréndira como bat. También a la pobre chica de Nueva York que creyó ver a lo lejos una familia de osos. Al acercarnos, nos dimos cuenta que eran vacas.

Mi hija me dice la última mañana: “Papá, ya bajaste la panzota”. El trabajo físico, ha dado frutos y doy brincos de contento.

Mientras esto escribo me doy cuenta que gracias a cinco días de convivir con la naturaleza, su enervante fascinación me convirtió en otro hombre. Hoy en la mañana, mientras remontaba el río de autos, el caos hidráulico de los volantes desquiciados de la ciudad de México, hasta le sonreí a un chofer de microbús, después que este me aventara su camioncito con intenciones de matarme. Pobre hombre, pensé, él no ha tenido la oportunidad de platicar cara a cara con la tierra, para darse cuenta que un pedazo de asfalto y ahorrarse cinco segundos, no tienen la menor importancia. Lo importante es una familia, un río y remarlo a golpe de fogata.

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La Carrera Panamericana

 

Mi amigo Benito Taibo, cuenta una anécdota muy graciosa, que le sucedió en un pueblito paupérrimo del estado de Veracruz. Caminaba por calles de tierra, sin trazas de pavimentos ni concretos, en uno de tantos pueblos de México, cuando de repente escuchó un grito estentóreo, manoseado en el muy característico acento de la costa: “¡Obdulia… baja los guajolotes del piano!”

Intrigado dirigió sus pasos a una choza de barro y caña brava (creo que ya le estoy echando de mi cosecha), quedemos en que caminó hasta una muy humilde vivienda y penetró por la puerta que estaba abierta.  O tal vez ni puerta tenía. Ahí, en la penumbra y compartiendo habitación con muebles francamente pobres, estaba un precioso piano Stenway de cola larga. Un capricho de maderas y laca negra, que pudo haber estado en cualquier sala de conciertos del mundo y que aquí era una prosapioza superficie tapizada de guajolotes.

Por supuesto que un gran escritor y reportero y poeta y gourmet y cocinero y entrañable compañero de tantas aventuras, investigó el por qué de aquella imagen imposible. Claro que no seré yo quien desvele ese misterio. La próxima vez que vean a Benito, pregúntenle por los guajolotes de Obdulia.

A mi me pasó algo parecido.

Antes que nada debo decir que voy a contar la historia a medias. Me voy a reservar algunos detalles. No quiero provocarle problemas a las personas involucradas y por lo tanto voy a omitir todos los nombres de lugares y personas.

Hecha la aclaración, comenzamos la historia con que en una ocasión fui contactado por una dependencia del gobierno del estado de Oaxaca. Querían que alguien fuera al pueblo de Santa María T… a tomar unas fotografías. Resulta que en la punta de un cerro habían encontrado algo, que no voy a decir, de gran importancia para los arqueólogos. Los expertos todavía no se ponían de acuerdo sobre a qué cultura podía pertenecer, de ahí la razón de un levantamiento fotográfico, para distribuirlas entre los expertos y  comenzar su investigación.

Volé a Oaxaca. Llegué a mediodía y por la tarde ya tenía una reunión con la gente involucrada en el proyecto. Ya saben, Bellas Artes, Antropología, la Universidad, el Gobierno del Estado, etc. La cosa es que la persona que me iba a llevar al pueblo, un arqueólogo del equipo que descubrió aquello, había enfermado repentinamente de apendicitis y a esas horas estaba en el hospital. Más precisamente en un quirófano del hospital. Pero ellos habían conseguido a un muchacho que era mecánico de los autos de alguna oficina de gobierno y que había nacido ahí en Santa María T… Él sabía  perfectamente cómo llegar al pueblo y me podía indicar el camino, que según dijeron, estaba muy enredado. El muchacho se llamaba… vamos a decir que Margarito.

Así que al día siguiente temprano, salimos a enfrentarnos al camino. Y cuando digo enfrentarnos… es que fue una cosa que yo no imaginaba. La peor carretera que están pensando era un paseo junto a esta. Ni aquella que bordeando el risco producido por un río, me llevó a Motozintla, Chiapas, se le podía comparar.

El pueblo estaba en la parte más enredada de la sierra madre occidental, que al pasar por Oaxaca apelotona las cumbres y las desordena todas, creando una alturas inhóspitas, dignas de valientes, de águilas y halcones. De gente muy hermosa, muy solitaria, muy silenciosa. Los indígenas de esa región son callados y ceremoniosos. Tienen algo de venados por temerosos y esquivos.  Pero es gente que traspasando el umbral es cálida y muy noble.

Margarito conocía muy bien el camino y me iba diciendo todo como un confiable copiloto. Las curvas, las cuestas, los vericuetos de una carretera que se enredaba en unos bosques hermosísimos, con la caligrafía del puro capricho.

A esto habría que añadirle los otros autos. Casi todos camiones cargados, remontando las curvas y pendientes a paso de desesperación. Por aquellos lugares imperaba la impericia. Vimos varios accidentes.

A propósito de uno de estos, Margarito me preguntó si alguna vez me había enterado de la Carrera Panamericana. También porque un pedazo de la carretera que habíamos tomado, había sido espacio para aquella competencia.

A finales de la década de los cuarenta, se terminó de construir una carretera que cruzaba todo México de frontera a frontera. Para festejar este hecho histórico, triunfo de la modernización de nuestro país, se pensó realizar una competencia que completara toda la ruta, más de tres mil kilómetros de distancia. De Tuxtla Gutierrez, Chiapas, hasta Ciudad Juárez, Chihuahua.

La primer Panamericana se corrió en 1950. La última en 1954. Vinieron pilotos de todo el mundo atraídos, si por los premios, pero más por la brutalidad del evento. En esos tiempos todavía existía eso que llamamos orgullo y para un hombre representaba toneladas de eso cruzar un país salvaje, arriba de un auto humeante. Todos los que compitieron lo dijeron, simplemente terminar la carrera, era ganarle. Ganarle a México que era un territorio sumido en la leyenda. Ganarle a las selvas, a los bosques, a despóticos desiertos. Fue una locura, de folklórica, de salvaje, de arrebatada prueba que fue, sobre todo, un acontecimiento popular. El país se paralizó por cinco días. La gente deliró al lado de la cinta asfáltica y contempló emocionada el paso de los automóviles. Hubo montañas de accidentes, de muertos, de historias y de anécdotas.

Margarito me dijo que él se sabía algunas. Y me empezó a platicar algo que había sucedido en el pueblo a donde íbamos. Ahí, al cacique de la época, le dieron la orden los políticos del partido, de que llevara a todo el pueblo a la carrera, para que no se viera la carretera sola, porque iba a ser terrible propaganda para la nación. Aquel hombre, muy obediente e institucional, bajó a todos. No dejó a nadie, en ninguna de las cinco ediciones. Caminaron más de tres días para llegar a la orilla de la carretera panamericana a ver a los coches pasar. Algunos nunca habían salido del pueblo. Casi todos, nunca habían visto un automóvil.

Para mayor seña me contó que su papá, que en 1950 tenía quince años, nunca había visto un coche o un avión.

Claro, le dije, por eso tú eres mecánico de coches.

Exactamente. Mi padre, pobrecito, nunca ni siquiera soñó con tener un coche. Además él cree que los coches sólo son para correr, para competir. Nunca le he podido meter en la cabeza que los coches son para transportarse. Él alega que para transportarse está el camión. Como los coches siempre pasan a los camiones en los que él viaja, piensa que son coches que están compitiendo, por eso van rápido.

¿Nunca ha viajado en un coche?

Si, yo lo llevé en carro varias veces. La primera vez que se subió a uno parecía que entraba en una iglesia. Le di una vuelta por las terracerías del pueblo, por las calles. Pero como ahí no había otros carros, él pensó que no se había organizado la carrera. Una vez que lo llevé a la ciudad de Oaxaca, iba en la carretera como un niño. Feliz porque pensaba que íbamos compitiendo. Siempre quería ir a madres, como en una carrera. Y me animaba a ir más rápido, me aplaudía y gritaba emocionado.

Bueno, le dije porque sentí un dejo amargo en sus palabras, algo debe pasarte cuando el primer coche que vez en tu vida es un Lancia Sport manejado por Juan Manuel Fangio o Piero Taruffi.

No es eso, me dijo Margarito. Ahora que lleguemos al pueblo y veas el atraso y la marginación en la que vive mi gente, vas a entender todo.

Salimos de la carretera secundaria y viajamos un buen rato por la de tierra. El paisaje eran las cumbres y los despeñaderos. Estábamos a más de 1500 metros sobre el nivel del mar y en aquellas barrancas y derrumbes vivían felices los pinos, los robles, los encinos y hasta las caobas. Era un bosque apretado de árboles hermosos, rompiéndose en ramas tupidas de verde, peleándose por ganar el cielo azul y los rayos del sol.

Después de casi seis horas de camino, por fin llegamos a Santa María T… Hay que decir que en esas seis horas apenas recorrimos 280 kilómetros. No habíamos participado en ninguna carrera y nuestro promedio de velocidad había sido de escasos 46 kilómetros por hora.

Santa María T… era un pueblo muy bonito. Pequeño, pintoresco y si, como había dicho Margarito, muy pobre. Llegar ahí era hacerlo a otra época. Yo no vi ningún coche en la calle. La gente caminaba o montaba en burros grises, mulillas de carga o unos caballos pequeños y flacos. No había luz eléctrica más que a partir de las seis y media de la tarde y hasta las ocho de la mañana. Sólo había dos televisiones. Una en una secundaria técnica y que servía para que los muchachos tomaran clases. Por cierto era blanco y negro. La otra estaba conectada a una antena parabólica y pertenecía al presidente municipal. No había cobertura celular y sólo había siete teléfonos.

La gente hablaba en su propia lengua, una suerte de música que salía de su boca, como pudo haber salido del piano tapizado de guajolotes.

Ahí nos pusimos en contacto con dos arqueólogos que trabajaban en el descubrimiento. Marido y mujer. Extranjeros y pagados por una Universidad norteamericana para llevar a cabo sus investigaciones. Un verdadero encanto de personas, sobre todo ella, que era lo que se podía entender como una belleza cremosa. Además de unos ojos muy azules.

Para conocer el lugar de sus investigaciones, caminamos por el bosque un poco más de una hora, hasta llegar a un crestón de piedra, al borde de un risco que daba a una vista espectacular. La arqueóloga me explicaba que el sitio era muy importante porque había elementos de distintas culturas. Una fusión de sincretismo religioso, nunca antes visto. También se me acercaba mucho y me ponía muy nervioso. Yo me concentré en ver cómo le iba a hacer para fotografiar aquel lugar que estaba muy difícil. Como no puedo describir de qué se trataba no tienen ni idea de la bronca en la que estaba metido, por las condiciones de la luz. Además tengo que decir que esto fue hace muchos años, cuando la fotografía digital quería empezar y los fotógrafos todavía teníamos que saber lo que estábamos haciendo. No había manera de disparar, ver y corregir, como es ahora. En aquel tiempo era pensar, pensar, pensar. Disparar, protegerse, disparar. Mandar a revelar muchos metros de película y recoger la hoja de contactos con el corazón trepidando. Si no estaba bien, había que regresar al lugar y volver a hacer el trabajo a expensas del fotógrafo.

Salimos del lugar y regresamos al pueblo. Yo a pensar cómo le iba a hacer, para tomar aquellas fotos. Cenamos en una casa que rentaban los arqueólogos y llegó la hora de dormir. La arqueóloga estaba muy puesta para que me quedara en la casa con ellos. Yo mejor me fui con Margarito, que ya me había invitado. El gringo estaba muy grandote. Además tenía curiosidad de conocer al hombre que creía que el mundo era una carrera de autos.

Conocí, entonces a Bartolomé. Y este si era su nombre verdadero. Acababa de cumplir sesenta años, pero poseía una extraña energía, una fibra primordial. Era moreno, sin una arruga, el cabello sin canas. No tenía un solo bello en el cuerpo y su cara era un concierto de facciones amables. Ojos grandes y negros. La dentadura era un desastre. Vestía con un calzón de manta corto, unos guaraches y estaba muy contento de ver a su hijo. Salió de la casa a recibirnos y por supuesto admiró varios minutos la camioneta en la que veníamos. Efectivamente había algo de religioso en la manera en la que revisó el auto.

La casa era pequeña, pero cómoda. Tenía un patio central de tierra viva donde nos sentamos a admirar la noche y platicar. Margarito me pidió que le contara a su papá, de las carreras de autos que yo había visto. Como fotógrafo me había tocado cubrir el Gran Premio de México de Fórmula 1 de 1986 a 1992. También muchas otras carreras. Le platiqué entonces de los grandes pilotos de mi época. Los conocía a todos. Margarito me explicó que su padre, junto a otros hombres, constituían una cofradía que se reunía en la tele de la secundaria, a ver todas las carreras de Fórmula 1. Ahí me di cuenta de que en Santa María T… aquello de haber sido primigenios espectadores de la panamericana, había generado una visión del mundo medio extraña. Hechos sucedidos más adelante, me dieron la razón.

Bartolomé era gran admirador de Senna, fallecido un par de años antes, por lo que la plática derivó en el piloto brasileño. En un momento me parecía inaudito estar en aquella casa, frente aquella noche, escuchando a un indígena zapoteco, narrándome en su lengua, la última curva de Ayrton Senna da Silva. ¿Esto es lo que llamamos globalización? En fin, que cuando le dije que yo había saludado de mano a su admirado piloto, guardó silencio y me vio con sorpresa, con reverencia. Se agachó tantito, señaló mi mano con la suya. Yo se la tendí y me la estrechó temeroso. Al tomarla me hizo una inclinación asiática y sonrió como cuando sonríes ante lo maravilloso. Aproveché para contar una anécdota que me sabía. Ese fue el punto climático de la noche, donde sentí que la comunicación con ese hombre que fantaseaba que el mundo era una carrera de coches, llegaba más allá de las palabras y los gestos.

Le conté sobre una revelación medio mágica, medio tenebrosa, muy sorprendente, que le hizo en una ocasión una adivinadora. Senna, triple campeón de Fórmula 1, millonario, joven, exitoso, polémico, arrogante, infantil, era además de todo esto muy religioso. Se hizo de muchas críticas cuando declaró que tenía un nexo místico con dios, cuando conducía su auto de carreras. Llegó a decir que había momentos en los que él no manejaba. Lo hacía dios. Por supuesto que todo el mundo se cagó de risa. Pero donde nadie se rió fue cuando una adivinadora le dijo que tuviera mucho cuidado, porque estaba escrito que él iba a morir en un Ferrari. Senna, ni se preocupó porque él manejaba, en aquella su última temporada, un Williams. Murió el primero de Mayo de 1994. Estrelló su automóvil Williams en la curva Tamburello del autódromo Enzo y Dino Ferrari de la ciudad de Imola, Italia. Como había vaticinado la pitonisa, había muerto en un Ferrari.

La historia causó honda impresión en Bartolomé. Se sumió en el silencio. Se fue la sonrisa, la emoción de sus ojos.

Nos fuimos a dormir.

Al día siguiente tomé muchas fotos y le huí a la arqueóloga. Margarito me ayudó en todo y con su innato talento para la mecánica aprendió muy rápido a cambiar lentes, a cargar película, a montar y descargar respaldos. A medio día ya era un perfecto asistente de fotógrafo que se interesaba mucho en los designios del exposímetro.

El día fue largo, cansado y muy estimulante. Nuestros ojos contemplaron otra vez un prodigio de otro mundo. De cuando la tierra era plana, de cuando la luna era dueña del calendario, de cuando los dioses eran tan imperfectos como nosotros. De cuando los hombres les rendían un culto de grecas y geometría.

Dos días completos me tomó hacer el levantamiento fotográfico, siguiendo las indicaciones de los arqueólogos.  En la tarde del segundo, ya para terminar, Bartolomé se apareció por el sitio. Había terminado su labor en la milpa. Bajó del burro y nos trajo en un morralito de yute unos duraznos maduros. Comimos aquella fruta recién cortada y nos supo a gloria. Tomamos agua de su guaje.

Bartolomé contempló el descubrimiento arqueológico y dijo en su lenguaje: “Aquí murieron los hombres del cielo. Nosotros somos hombres de tierra.” La arqueóloga se emocionó. Yo me quedé pensando un buen rato en esas palabras.

Tomé la cámara para hacerle unas fotografías. Le regalé un par que hice con el respaldo Polaroid de la Mamiya. Cuando se vio en las fotos sonrió sorprendido y se puso muy contento. Con infinita reverencia me pidió que le hiciera una con su hijo. Tomé dos y le di una a cada uno. Estaban felices.

Nos despedimos de los arqueólogos y fuimos a casa de Margarito. Cenamos una mezcla de hierbas, como el quelite o los berros, guisados con hortalizas, calabaza, chayote, granos de maíz. Unas tortillotas blancas deliciosas. Una salsa de chille “cuu”. Tomamos agua de lima.

Después de cenar me dijo Margarito que su papá quería enseñarme algo, pero me advirtió que lo que iba a ver, no se lo podía divulgar a nadie. Me imaginé que era algo relacionado con el descubrimiento arqueológico. Caminamos por el pueblo. Por callejuelas oscuras iluminadas por la luz de la luna y unas candelas que traíamos en la mano. Llegamos a una casucha. Entramos.

La casucha, de paredes de adobe y techo de teja roja, resultó ser un garage. Y cuando prendieron las luces apareció ante mis ojos un coche. Un bello automóvil azul. Un autito de carreras pequeño, con sus números pintados, con la publicidad impresa en la carrocería. Era un auto de la Panamericana de 1953. Un deportivo muy sexy de esos para dos personas. Un demonio europeo que homenajeaba las formas del viento y las que dictaba la aerodinámica de aquellas épocas. Era un brillo impecable, un olor a cuero y aceite. Se veía pequeño y fiero, dispuesto a devorar kilómetros. El auto estaba perfectamente conservado. Y tuve razón, era un descubrimiento arqueológico.

Ahora el sorprendido era yo. Como el piano y sus guajolotes, me quedé pensando qué hacía aquella pieza de excelsa ingeniería en un lugar como este.

Margarito me explicó, mientras admiraba las pulidas y educadas formas de aquella carrocería cincuentera. Los habitantes de Santa María T… se lo habían robado. Nadie en el pueblo hablaba de eso, pero él algo había averiguado porque era, desde hacía muchos años, el encargado de mantenerlo en buen estado.

El auto arrancaba y encendió el motor para que yo lo comprobara. Cuatro veces al año lo sacaban a dar vueltas por el pueblo. Nadie sabía manejarlo, solo él podía hacerlo.

El cacique del pueblo en 1953, el mismo que los hacía caminar cada año a ver la carrera, se lo encontró descompuesto en un taller de la ciudad de Oaxaca. Ya había terminado la competencia,  ya las mujeres habían suspirado por el “zorro plateado” Piero Taruffi, ya había muerto Bonetto en Silao, ya había ganado Fangio en su Lancia. Ya todos los equipos habían regresado a sus países de origen, cuando este hombre descubrió el auto prácticamente abandonado. Y algo sucedió en su interior. Se enamoró, le dio un arrebato místico, lo poseyó la codicia, vaya usted a saber, pero regresó a Santa María T… y convenció a un grupo de hombres para que fueran con él y lo robaran. Entre ellos, por supuesto, Bartolomé. Así lo hicieron. Una pandilla de indios fascinados con un auto se presentaron una noche y lo robaron.

Lo subieron por la sierra, no sabía cómo. Tenía una flecha rota y la suspensión dañada, por lo que no podía circular. Pero el motor estaba perfectamente. Llegando al pueblo lo metieron en su garage y lo ocultaron del mundo. Hecho inaudito, en aquella cadena de dislates, que aquel lugar se convirtió, durante algunos años, en una especie de templo. El demonio europeo era objeto de adoración y culto. Lo trataron como santo. Le traían ofrendas, quemaban velas, le pedían cosas. Prendían el motor y lo aceleraban. Rugía como trueno y hacía retumbar la casucha. Lo veneraron.

Un día el coche no prendió más. Se acabó la santidad y cayó en el olvido. Tal vez el único que lo siguió adorando fue Bartolomé que lo limpiaba y lavaba. Que puso su fe en su hijo y le inoculó la fascinación por el autito. Margarito fue a Oaxaca y de chalán se fue convirtiendo en maestro mecánico. Un día trajo una batería nueva, otras piezas. Lavó carburadores y bujías. Cambió platinos y condensador. Le cambió el aceite y los filtros. Le pusieron gasolina. El demonio volvió a rugir. Pero la gente ya tenían otros santos para adorar, se acabó el culto. A lo largo de los años Margarito pudo arreglar la flecha y corregir el problema de la suspensión. Y lo siguió cuidando. Era su orgullo en toda su encabronada expresión.

Claro que estás pensando que todo esto es un despropósito. Que son una bola de jaladas y tu mente se está haciendo muchas preguntas que no he contestado. Esas mismas interrogantes eran las que yo me hacía cuando estaba en el culo del mundo, frente a un auto reluciente de la panamericana del 53. Perdón, debo añadir a reluciente, además muy hermoso.

Regresé a México sin dejar de pensar un segundo en todo el cuento del autito. A veces en los ojos de la arqueóloga. Bueno, también en otras partes no descritas de su anatomía.

Debo decir, por si te apuraba, que las fotos fueron un éxito. Funcionaron muy bien y pasé con sobresaliente la papeleta. Pero el coche…

Me metí a investigar. Conseguí libros, consulté gente. Platiqué con amigos y conocidos, locos de los automóviles. Me encontré con algunos que estoy seguro de que también pudieron haber robado el auto si se les hubiera presentado la ocasión y que en esencia, santificaban en su pasión a los automóviles, nada más que lo expresaban de otra manera. Al conocerlos me di cuenta de que el hombre actual, en toda nuestra organización social, adoramos a los autos, les rendimos pleitesía desde hace años y hasta los consideramos hacedores de milagros. No nos damos cuenta de que como creación del hombre, el auto se ha vuelto ajeno a su productor y lo está dominando.

Pero olvidémonos de filosofía y el modelo de la enajenación de Feuerbach. Aquí el punto era que un auto que había venido a una competencia internacional, no podía haber sido robado así como así, sin haber ocasionado una particular conmosión. Yo me imaginaba que ese hecho debió haber sido un escándalo de buenas proporciones. Buscando su estela me fui a la hemeroteca y consulté varios periódicos. Dos editados en Oaxaca. En ningún lugar se consignaba que una banda de forajidos se había robado un auto de la panamericana. Claro que no olvidé el dato de que el robo se había producido tiempo después de haber acabado la carrera. Por lo mismo cubrí en mi pesquisa, los tres meses posteriores a la celebración de la competencia, que había sucedido entre el 19 y el 23 de Noviembre de 1953.

Es más, yo no te he dicho de qué auto se trataba, pero sé perfectamente la marca, el número y hasta el piloto que lo manejaba. En la información que consulté no se consignaba ningún abandono. El demonio santo azul, había llegado a la ciudad de Oaxaca sin contratiempo alguno y había salido al día siguiente, continuando en la carrera hasta completar la ruta. Aquí la posibilidad era, indudablemente, que Margarito me hubiera dado un dato erróneo. En tanto tiempo, la memoria y los hechos se pueden torcer.

Pero ahí no paró todo.

En 1999 viajé a España. Tomar fotos. Dentro del viaje diseñé dos escapadas para cosas personales. Una tarde a Las Ventas para ver a Manuel Caballero, José Tomás y Eugenio de Mora en una corrida de la feria de San Isidro y un viaje de tres días al país y ciudad del legendario constructor del auto que yo había visto, unos años atrás, en Santa María T… Desde México me había puesto en contacto con el presidente de un club de autos antiguos, que rendía culto a ese fabricante en especial y que era un gran orgullo en toda la ciudad.

A él le conté más o menos lo mismo que dije aquí. Solo mentí en una cosa y lo confieso. A él le dije que había pasado una noche con la arqueóloga. Perdón. Fue una mentira inocente. Evidentemente no me creyó. Lo del auto, lo de la bella mujer lo emocionó bastante.

Replicó que era imposible que el robo del auto no hubiera ocasionado hasta el rompimiento de las relaciones internacionales entre los dos países. Ahí le asesté la teoría que había estado urdiendo todos estos años. El equipo del demonio santo azul había hecho trampa. Había llevado un auto a la competencia y había llevado otro más a escondidas. Estaba el antecedente que un año antes, en la competencia del 52, el coche había tenido que abandonar por problemas mecánicos. Curiosamente con la suspensión trasera derecha rota, un poquito antes de llegar a …. Para que no les volviera a pasar se habían prevenido llevando dos autos. Las reglas de la carrera no permitían la sustitución del auto en caso de falla mecánica. Podías arreglar todo lo que quisieras una vez terminada la etapa y antes de que comenzara la que seguía, que te llevaría a otra ciudad. De seguro el auto se descompuso en Oaxaca, lo sustituyeron a la mala y dejaron el descompuesto tirado en un taller. Cuando acabó la carrera se fueron. Regresaron a su país pretendiendo que las cosas se enfriaran. Tal vez, después de prudente espera, alguien regresó a Oaxaca. Se encontró con que el auto había sido robado. Pero ellos no podían decir nada. Hubiera sido descubrir la trampa.

Como respuesta el presidente del club, guardó silencio. Luego me preguntó, ¿Tú conoces a la gente de las carreras de autos?

No. Nunca he estado metido en eso.

No hay gente más tramposa en el mundo. Ni los ciclistas.

Con eso aceptaba mi teoría y me prometió investigarla. Él podía hacerlo.

Pasaron dos años de pesquisas. En ese tiempo tomé muchas fotos. Viajé varias veces a Oaxaca y me encontré siempre con Margarito, al que alguna vez le confesé mis sospechas. Siempre me pidió muy ceremoniosamente que no le dijera nada a nadie. Siempre reiteré mi oferta de silencio. Pero insistí. El delito ya prescribió, le dije. Fue hace tantos años y además si mi teoría es cierta, los dueños del coche ni siquiera acudieron a la justicia.

Del grupo que fue a Oaxaca a robar el coche,  ya solo queda mi papá. El día que muera te doy chance de que hagas lo que quieras.

Ah, por cierto,  en ese tiempo también vi dos veces a la arqueóloga. La primera en Oaxaca cuando entregué las fotografías. Me confesó que se estaba divorciando del gringote. La segunda, tiempo después en México. Un evento en el Museo de Antropología. Ya vivía con el hombre aquel que no había conocido porque le estaban extirpando el apéndice. Aquella noche, no de galas pero si de elegancias, iba sola, se veía muy hermosa. Me hablaba de muy cerquita y me puso tan nervioso… yo iba con mi esposa.

Un día llegó el mail. El presidente del club lo había descifrado todo. Mi teoría era fundamentalmente correcta. Solo había fallado en una cosa. El auto no se había descompuesto en Oaxaca, sino en Puebla. De hecho no se había descompuesto. Detectaron que podía fallar la suspensión porque estaba dañada y cambiaron de coche haciendo trampa. El otro completó la ruta hasta Ciudad Juárez. Terminada la carrera alguien se encargó de recoger el coche. Lo iban a sacar del país por un puerto pequeño que no llamara la atención. Ese era Salina cruz, Oaxaca. El muchacho que lo manejaba sabía que no debía ir rápido, pero no se pudo contener. Un autito que levantaba tantas pasiones, fue víctima de lo mismo. Unos kilómetros antes de llegar a Oaxaca capital, la suspensión cedió y se rompió la flecha. El chofer lo llevó en grúa y lo metió a un taller para su reparación. Tuvo que esperar a que del otro lado del mundo le mandaran las refacciones. Se fue a Veracruz a recibirlas de un barco. Tardó semanas. Cuando regresó, ya se había perpetrado el robo. Le ordenaron regresar a Europa. Efectivamente reclamar hubiera desenmascarado la trampa y se regresó callado. Ese hombre, un viejo de setentaitantos años, le platicó al presidente toda la historia. Murió poco tiempo después.

Claro. Esta historia termina en muerte. Hace un mes recibí la notificación de que había muerto Bartolomé. Ya lo esperaba. Lo que es dolorosísimo es que fue en un accidente arriba de un coche y Margarito iba manejando. También falleció. Seguramente Bartolomé lo venía acicateando a que aumentara la velocidad, a que rebasara al auto frente a ellos. Mi consuelo es que tal vez murieron compartiendo un momento que era de ellos y solo para ellos.

Liberado de compromisos he podido contar la historia. Ahora al que no soporto es al presidente del club de automóviles antiguos que insiste en que lo lleve a rescatar el coche en Santa María T… Ya hizo una colecta y se ofrece a pagarme los gastos y una generosa gratificación por proporcionarle la información. ¿Qué opinas que debería hacer? Acabo de adivinar tu pensamiento. Tu recomendación sería, si sigue ahí la arqueóloga, que hay que ir a visitarla…

Lo voy a pensar.

 

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El Color Rojo

Esta es una perfecta historia para niños, aunque cuando yo la escuché ya había pasado por mucho la edad adecuada y aún así me cautivó. La refirió un hombre peculiar que conocí de la manera más extraña.

Resulta que yo rentaba una casa muy chiquita, en un pueblito cercano a Tepoztlán, el famoso lugar de los ovnis, los chamanes, las leyendas primigenias y la convención de montañas chinas, más hermosas de todo México. Ahí nos refugiábamos los fines de semana mi mujer, mi hija que era una niña, y yo. Pasábamos tiempos deliciosos descansando, jugando con la niña, metiéndonos al agua, pero sobre todo, alejándonos del bullicio que era una semana de ciudad y de trabajo.

Un día me mandaron a comprar pan. Bolillos, baguettes, porque habíamos traído unas carnes frías, unos quesos apestosos y unos vinos de casta, y les íbamos a dar matarili en compañía de una pareja de amigos que nos habían acompañado.

A pie de la carretera que nos llevaba a Tepoztlán, había un negocio que era panificadora, cafetería, restaurante, tienda gourmet y una terraza extraordinaria para admirar el Tepozteco.

Cuando llegué me dijo el dueño que me esperara unos quince minutos, porque estaba por salir el pan. Con la promesa de poder adquirir un pan salidito del horno, me dispuse a esperar en compañía de un café, en la terraza, mirador, que daba al Tepozteco y a las eras geológicas. Es hermoso ese concierto de murallas de piedra, de terraplenes verdes, de cañón de un solo lado. La viste se pierde en sus formas y caprichos. Aquella piedra es el núcleo de una montaña que desapareció, es el centro de toda una mitología y de toda la magia que atrae a tantos visitantes. Todos venimos a ver ese derrumbe, a encontrarle formas, a vivir su leyenda.

A los cinco minutos de estar ahí, subió un hombre como de mi edad, tal vez más grande que yo. Comenzaba a perder el cabello y a pintarlo cano. Vestía como explorador del national geographic. Sólo le faltaba la Nikon y el sombrero. Tenía las botas Timberland, los pantalones y camisa Columbia, en verde seco y plagadas de bolsas, cierres, carretes y respiraderos. Traía al cuello un paliacate de un azul plúmbago, que de verdad me dio envidia. Otro detalle para consignar era lo tostado de su piel y la sequedad de esta. Parecía que había cruzado todo el desierto caminando.

Se sentó a unas mesas de mi y clavó su mirada en las montañas. Luego me dijo en muy buen plan, buenas tardes y dio un trago largo a su café y una fumada grande a su cigarro.

También viniste por pan ¿verdad?, continuó con una sonrisa.

Así es, pero me encontré con este paisaje, ¿cómo ves? Te lo presto. No te lo vayas a acabar.

Y soltó una carcajada a gusto. Le pareció muy buena mi puntada. Tan sabroso se rió aquel hombre, que debo confesar que me sentí hasta ingenioso.

No te preocupes, te lo devuelvo intacto. Me contestó todavía agitado por la risa. Rápidamente entramos en confianza. Rápidamente establecimos similitudes entre nosotros y nos reconocimos. Así que platicamos. De tonterías y la lluvia. De nada y lo tonto que era el Presidente Fox. De que él vivía camino a Amatlán y construía casas ecológicas. Casi que lo invitaba a nuestro festín de vinos añejos, quesos apestosos y manjares fríos, pero en eso subió el dueño del lugar para avisarnos que ya estaba el pan.

Bajamos, compramos nuestras piezas y pagamos. Como me habían atendido primero a mi, salí antes que él. Solo le dije hasta luego.  Ni siquiera supe su nombre.

Pero cuando llegué a mi coche, una camioneta negra, me encontré que por un extrañísimo accidente, las dos llantas del lado izquierdo, estaban ponchadas.

Ahí me encontró el cuate aquel. Parado como idiota contemplando mis llantas sin aire.

Eso es mala suerte. ¿Traes refacción?, me preguntó.

Si, le contesté, pero evidentemente sólo traigo una.

No te apures, aquí está cerca la vulcanizadora. Vamos a quitar las llantas y yo te llevo.

No te molestes, ahorita agarro un taxi.

El cuate, que se llamaba Luis, tenía esa facilidad para hacerte sentir bien, que podía convencer a Dios, de que cuando llegara el fin del mundo, a él le gustaría estar junto a Luis.

Quitamos las llantas, montamos unas piedras bajo la camioneta y subimos a su Pick Up.

Al pasar junto a una casa en el camino me empezó a contar la historia que estamos esperando. A propósito de que ahí vivía un amigo suyo, de la infancia, viajamos a la década de los sesenta. Ese amigo tenía un abuelo que era pintor. Ese abuelo, tenía un taller, un estudio, en la parte alta de la montaña, del Tepozteco. Se llegaba por una terracería que usaban los campesinos, que en la meseta de arriba de la montaña, cultivaban maíz de temporal y hortalizas. Era un lugar bellísimo, extraño, una planicie alfombrada de maíz, donde sobresalían irregularmente, monolitos de piedra.

Desde allá arriba se veía muy bien todo el valle, todo por allá de Cuautla y hasta los volcanes del Popo y el Iztla.

Algunas veces fue Luis al estudio del abuelo. Dijo que el abuelo de su amigo, del que nunca pudo acordarse del nombre, estaba medio loco. Siempre pintaba cuadros rojos. Era un viejo raro, que él encontró genial. Me acuerdo que me contó que toda la familia hasta lo evitaba, pero que cómo para él era novedad, le hizo mucho caso y el viejito correspondió con su afecto.

El pintor tenía un taller, que era el paraíso para cualquier niño. Mesas, caballetes, los pinceles, las pinturas, recobecos y escondites. Lo más curioso es que el viejito fabricaba él mismo muchas de las pinturas con las que pintaba, con pigmentos naturales que había que colectar.

Para cierto tono de rojo, que el abuelo llamaba siena calcinada,  había que buscar unos depósitos que había bajo tierra.

Salían en la mañana al campo. Caminaban por senderos de tierra. Los que usaban los campesinos, los que se metían entre las hierbas y los matojos. Pasaban por abajo de unos árboles de troncos retorcidos y agrietados. El roció congelaba las hojas y brillaba plateado en las puntas de las ramas.

Nadie sabe cómo le hacía, pero el viejo encontraba los depósitos de la siena, una especie de arcilla chicloza y compacta. Escarbaba con una pala de explorador y después de escarbar como 50 centímetros, surgía la tierra roja, encontraba lo que estaba buscando. Y ya que encontraba un depósito, llenaba con la arcilla una lata que traía y procedía a tapar y marcar con una estaca para buscar el que seguía.

Él sabía que cada 32 pasos había un depósito del pigmento. Así es que cuando descubría uno, había que caminar 32 pasos para encontrar el siguiente. ¿Cómo sabía en qué dirección? Simplemente caminaba hacia los volcanes, que se dibujaban a lo lejos, allá abajo trasponiendo un valle, con sus cumbres blancas y filosas.

Según el viejo pintor, la siena calcinada se había formado de la siguiente manera.

En tiempos muy antiguos vivían en la tierra unos gigantes. Eran tan altos que se saludaban, no se caiga usted, porque el que se caía, ya jamás se levantaba.

Entre los gigantes había dos guerreros que eran hermanos y estaban enamorados de la misma muchacha. Una mujer joven y hermosa. Ella amaba a uno de los dos, pero nunca confesó a cual. Para quedarse con la muchacha, los hermanos convinieron en pelear. El que ganara, se quedaba con ella.

Se enfrentaron una tarde. Se alejaron de la ciudad donde vivían y vinieron a este lugar que llamaban las montañas de los gigantes. Sólo las serpientes y las águilas fueron testigos de la pelea.

Los hermanos se enfrentaron fieramente usando sólo sus manos. El más chico estaba a punto de vencer a su hermano cuando este, viéndose perdido y a punto de caer, tomó un árbol que había sido derribado en el trajín de la lucha y se lo clavó en el pecho.

Comenzó a salirle sangre por la herida.

Con infinita amargura el hermano chico le dijo que había sido desleal y no se merecía ver caer a su enemigo. Así que el gigante herido, con sus últimas fuerzas, corrió huyendo del lugar. Corrió en dirección de la cumbre nevada, del volcán que se veía desde la montaña de los gigantes. Una vez que llegó allí, se sambulló por la boca del cráter para de esta manera ocultar su cuerpo y su pena, de la faz de la tierra.

La bella muchacha, informada por las águilas y las serpientes del nefasto fin del cruento combate, decidió que iba a amar al infortunado. Que ese, en su desgracia, merecía su amor. Usando sus dotes de hechizera hizo un conjuro mediante el cual el gigante regresaría algún día de la muerte. Ella, pacientemente se acostó a dormir junto al volcán. Desde tiempos inmemoriales esa montaña se llama la mujer dormida y cualquiera puede apreciar claramente el perfil de la bella muchacha acostada sobre el mundo, esperando el regreso de su amado guerrero que algún día emergerá del volcán.

A todo esto, los depósitos de siena calcinada no eran otra cosa que las gotas de sangre que derramó, mientras corría hacia la montaña nevada, el triste guerrero traicionado. Por eso siempre cada 32 pasos. Por eso siempre en dirección del volcán.

Ahí terminamos de montar las llantas reparadas. Quitamos las piedras y los gatos.

Por supuesto que invité a Luis a que pasará más tarde por la casa y nos ayudara a consumir los vinos, los quesos, la viandas refinadas. Le di las señas para llegar y dijo que trataría de pasar por ahí.

Nos despedimos. Cada uno tomó su camino y nos separamos. Nunca nos volvimos a ver.

Pero siempre que escucho hablar de sangre, tan familiar en estos tiempos que corren, me acuerdo de Luis, el que buscaba junto a un viejo loco, las milenarias gotas de sangre de un gigante enamorado.

Te quiero decir que aquí está el vino, el pan y los quesos. Te siguen esperando.

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Estadio Azteca

Se llamaba Pele. Le decían "el Rey"

¿Te acuerdas de la primera vez que fuiste al Estadio Azteca?
Comenzaba el año de 1967 en medio de tormentas, de lluvia y un frío de los mil demonios. En el periódico, un astrólogo clamaba que este año iba a distinguirse por la violencia en el mundo, ya que estaba regido por el planeta Marte, el dios de la guerra de los antiguos.

Mi papá se iba carcajeando mientras nos leía los sombríos augures del profesor Soldei, un afamado adivinador, profundo conocedor de los movimientos planetarios y su influencia en la vida de los mortales. Por aquellos años la astrología y esas cosas, estaban de moda. Antes de preguntarte cómo te llamabas, la gente quería saber de qué signo eras.

Del otro lado del mundo nos llegaba una buena noticia a los mexicanos:  el corredor Pedro Rodríguez ganaba abordo de su Cooper-Maserati, el gran premio de formula 1 de Sudáfrica, el primer día del año. Yo tenía cinco años y ya iba en preprimaria pero todavía no tenía una idea clara de lo que era México, de lo que eran los países y todas esas cosas. Es mas, me hacía unas bolas terribles porque confundía la Ciudad de México con México como país y cuando mi papá me enseñó el fotorrelámpago de la A.P. que salía en el Excelsior (vía alambre directo desde Sudáfrica) con Pedro cruzando la linea de meta y recibiendo el banderazo a cuadros, yo le dije que por qué se sentía tan orgulloso si él no era mexicano, él era de Jalisco.

Cual sería mi confusión que una vez que ví un mapa del mundo identifiqué la forma de nuestro país y le dije a mi papá que era Canadá. Esto porque los zapatos Canadá, en sus anuncios de televisión, siempre terminaban con la palabra de la marca abajo del dibujo de nuestro país; era lógico, entonces, que ese país fuera Canadá. Como comprenderán, después de decir una serie de imprecaciones contra la preprimaria “Juana Pérez Luna”, mi pobre padre tuvo que darme una buena lección de geografía.

Dos días después de pasarme bastantes ratos de intriga frente a los mapas coloreado de verde perico, amarillo neón, rojo guacamaya y azul cielo del Atlas Geográfico del “Riders Dillest”, una tarde se me presentó un problema que ni la docta inmovilidad de las láminas cartográficas, ni las pacientes palabras de mi padre, me iban a ayudar a resolver. Anunciado por la extrañal turba, dentro de mi casa, de mi abuelo, mis tíos, amigos varios y uno que otro desconocido, ahora resultaba que de regalo de reyes nos íbamos al estadio a ver jugar futbol ¡a México!, y yo nada más no entendía como un país completo iba a echarse un partido en el flamante Estadio Azteca.

-¿Y contra quién juega?-preguntaba rascándome la cabeza.

-Contra Suiza- era la respuesta que aumentaba la intriga, pues para mi la Suiza era una fábrica de chocolates.

Después de que esa semana mi inteligencia y conocimientos se habían puesto severamente en duda, preferí ni preguntar, pero yo no hallaba en donde jugaban esos equipos que no aparecían en la tabla de posiciones del campeonato. Ahí estaban el Universidad, el Cruz Azul, el muy odiado América, el Necaxa, el Universitario de Nuevo León, que era distinto al Léon, el Oro, y otros, pero por ningún lugar aparecían ni México, ni Suiza. La respuesta me vino pensando en mi tío Salvador que jugaba futbol en el Morelia, que tampoco estaba en la tabla de posiciones que cada lunes consultábamos; nunca se veía en la tele, ni existía en los noticiarios y que, a veces, salía en los periódicos junto a otros equipos desconocidos, porque, según decían, eran de segunda división. Entonces me conformé con pensar que México y Suiza eran equipos de segunda división.

Encogiéndome de hombros subí a mi cuarto a vestirme para la ocasión. Como estaba haciendo mucho frío mi mamá me puso un abrigo azul marino de lana que tenía una cachuchita, con lo que fui el blanco de las burlas de mis tíos. A mi no me importaba, como tampoco me importaba que fuéramos a ver un partido de la segunda división, el chiste es que por fin iba a conocer el Estadio Azteca.

Ahí vamos chacoteando dentro de los carros por toda la calzada Plutarco Elías Calles hasta que se terminaba en Río Churubusco, ahí dimos vuelta a la derecha y agarramos Tlalpan por el paso a desnivel. En los carriles centrales iban los tranvías amarillos con la panza verde, atestados de aficionados y con varios chavos de mosca en los techos, felices, bromeando entre ellos, con las manos dentro de las chamarras, las cabelleras despeinadas y hechas bolas, sacando humito por la boca. Y gente y gente y lleno de carros y los camiones hasta los topes, yo pensando que mucho alboroto por un partido de una fabrica de chocolates contra una de refrescos o ropa o ve tu a saber qué era ese equipo de México.

Después de avanzar casi a tientas por el río de coches de la Calzada de Tlalpan, llegamos al Estadio Azteca. Era un esqueleto de concreto, un caracol antidiluviano, una hormiga con concha de tortuga. Un monstruo nocturno que rugía luz por la parte superior y que se estaba tragando a toda la gente que habíamos visto en el camino.  Caminábamos por el estacionamiento donde los autos yacían en hileras tumultuosas, como peces atados a las gigantescas redes marinas del monstruo aquel que era el centro de la noche. Me aproximaba brincoteando de gusto aferrado a la mano helada de mi padre. Subíamos ya por las rampas de cemento aplanadas a fuerza de tantas pisadas y pasos que se daban, cuando comenzó la repartición de boletos que traía mi tío Eduardo en un fajo doblado a la mitad. A todos les fue entregado aquel preciado pedazo de papel y ya cuando todos tenían sus boletos extendí mi mano y le pregunté:

-¿Y mi boleto?

-¡Chin ya se me acabaron!

-¿Y ahora cómo entro?

-Pues te vas a tener que meter a escondidas.

Y cuando dijo esa palabra se me heló la sangre y el corazón se me aceleró y ya me veía yo echando carreras por aquellas rampas del demonio perseguido por policías y cuidadores.

-¡Ya ni la haces hijín!- dije al borde del llanto de chamaco consentido.

-No espérate ya sé qué vamos a hacer. Yo me acerco a la puerta y distraigo a los boleteros y tu te les cuelas por un lado ¿órale?

-Nel que. Mejor dame un boleto.

-Ya se me acabaron… por esta- y que conjura la sacrosanta señal de la cruz con su mano derecha y le da un besito parando el hociquieres de Tin-Tan que tenía.

Ya no me quedaba de otra; si quería conocer el Estadio Azteca tenía que entrarle a la aventura babosa de meterme de colado, sólo porque al menso de mi tío Eduardo se le había olvidado comprarme boleto.

Llegamos al final de la rampa. A mi izquierda estaba la hilera de puertas revolventes, como de super, que había para que entrara la gente. Eran como cinco, vigiladas cada dos por un mismo boletero. Por ahí entraba la gente, le arrancaban un pedazo de boleto y lo hacían pasar a un pasillo que le daba la vuelta a todo el estadio y en donde se ubicaban un chorro de puertas para entrar a la gradas.

Eduardo se adelantó a la cabeza de toda la bola de Casillas e invitados y mientras daba las buenas noches y se hacía el payaso con los boleteros, que me acerco a la barrera de tubos que sostenían a las batidoras aquellas, como a tres metros de donde ellos estaban, y que me sumerjo por abajo de los tubos resbalando los pies e impulsándome para, una vez que estaba del otro lado, pegar la carrera por el pasillo buscando una puerta para ingresar al estadio. A mis espaldas que oigo unos gritos:

-¡Agárrenlo que no trae boleto!

-¡Aguas con el de la gorrita azul es ratero!

Con las piernas temblando y unas súbitas ganas de orinar, que llego a una puerta y que me clavo a la derecha para esconderme. Al dar vuelta me pegué a la pared sintiendo cómo se me salía el corazón por el pecho. Ahí me estuve brincoteando sobre mis temblorosos pies para que no se me salieran los orines, hasta que llegó mi tío Eduardo con una sonrisa:

-¡Vientos hijín te colaste de los policías!

-¿¡Cuales policías!?

-¡Uuuyyy como diez cuicos que salieron tras de ti! ¿no los viste?

-Nel

-Pos ellos tampoco a ti por suerte.

Héctor, Luis Daniel y Silviano, mis otros tíos, tenían una risa de complicidad por lo que pensé que algo raro ocurría. Para no hacerles el cuento largo lo que pasaba era que los niños menores de doce años entraban gratis, cosa que yo no sabía. Pero ahí no acabó todo. Por años seguimos acudiendo regularmente al Estadio Azteca y siempre me hicieron creer que me metían de contrabando. A tal grado llegaron los muy cabrones, que me hablaban por teléfono y me preguntaba que si quería ir al estadio, pero que no tenían boleto para mi, que si iba, me tenía que meter de colado, esa era la condición. Y qué remedio, así que ahí iba; a pegar mis carreras locas con las piernas temblando y aquellas ganas de orinar terribles.

El Estadio Azteca el día de su inauguración en 1966

En fin, el chiste es que de repente ahí estaba, por fin, en el interior del monstruo venerado, en aquellas escalinatas concéntricas que se proyectaban a ambos lados y se convertían en las gradas, donde la gente se apelotonaba en rumor incesante y toques de claxons, estallidos de matracas, golpeteo impaciente y los gritos machacantes de las porras, todo precedido por la luz que emanaba de la cancha, un resplandor verde turquesa enmarcado por la blanca caligrafía distintiva de un campo de futbol.

Ante aquella vision prodigiosa todos mis problemas se olvidaron. Parecía que flotaba mientras bajábamos por las escaleras buscando nuestros lugares, hipnotizado por la belleza de la lisa superficie del pasto inmaculado, brillando en la cóncava penumbra.

Espectación, anticipación y nos frotábamos las manos por el frío y nos tomamos un refresco de naranja. Platicamos cobijados por las dimensiones megalíticas de aquel alero de aluminio que hacía de techo. En el centro, por una elipse planetaria, la negrura de la noche y unas estrellas asomándose sin pagar boleto. Colgando de un cable que viaja de lado a lado del estadio, una piña de altavoces anuncia las alineaciones de los equipos. Comienzan por los trabalenguas suizos, mientras contemplo los tableros electrónicos con el marcador; SUI 0 MEX 0.  Y mientras el ruido gangoso se arranca a recitar los nombres de los mexicanos que son recibidos por la muchedumbre con gritos y trompetazos, una banda de guerra se adueña de la cancha y camina con marcialidad hacia el centro del campo. Destellan los instrumentos y los dorados botones de los uniformes de gala y dos cadetes encabezan el pequeño desfile levantando las banderas de Suiza, un ondear rojo con una pesada cruz blanca en el centro, y la de México, tres rebanadas de una sandía que se comió hace muchos años un héroe de la historia, con una águila devorando a una serpiente encima de un nopal frondoso y suculento.

Rugido, gritería de instrumentos varios, de matracas varias y de hojadelata, es el anuncio de que los equipos se deslizan atléticamente por la cancha. Uno junto al otro en paralelo, dibujan dos lineas rectas encabezadas por el árbitro y los abanderados. Desde las alturas aquello se convierte en aritmética y geometría: rectángulos brillantes, círculos blancos, paralelas y sucesiones de puntos, esperando las fórmulas y teoremas de triangulaciones, balonazos y tácticas guerreras.

Mientras los equipos calientan y pelotean, en la lejanía descubro nada menos que a ¡Enrique Borja! y otros jugadores de la primera división: la elegancia de escaparate de Nacho Calderón, el portero de fotonovela, los bigotazos y la zurda cañón del “Diablo” Pereda, los rizos de oro del “Gansito” Padilla y su arrítmico paso de la bicicleta, la compacta y férrea carrocería de Alfredo Del Aguila.

-¿Oye hijín, este partido no es de segunda división?

-¿Qué?- agarro en curva a Eduardo.

-¿Que si este partido es de segunda división?

-No. Es de selecciones nacionales.

-¿Cómo?- ahora el sorprendido era yo.

-Las selecciones nacionales se hacen con los mejores jugadores de un país. Aquí por ejemplo están Calderón y Chaires del Guadalajara, Coco Gómez del América, Vicente Pereda del Toluca…

-Borja y el “Gansito” del Universidad y así…-le dije intentando sonar inteligente.

-Exacto. Son los mejores jugadores de México. Bueno eso es lo que cree el “Cachuchas” Trelles que es el entrenador y esta bola de güeyes que los vinimos a ver.

La banda militar comenzó a tocar el Himno de Suiza y todos nos pusimos de pie y guardamos silencio. Inmediatamente continuaron con el himno nacional mexicano y ya no me quedó ninguna duda sobre la importancia del partido.

Y yo que pensaba que Suiza era una fábrica de chocolates. Ah pero que baboso. Suiza era otro país como México y también tenían su propia bandera, su propio himno y hablaban otro idioma que no era el español, por eso nunca había oído nombres como los de aquellos jugadores: Prosperi, Tachela, Estierli y etcétera.

-¿Oye y dónde queda Suiza?

-En Europa.

-Ah-volví a fingir inteligencia.

-¿No sabes donde está Europa verdad?

-Pus no.

Y Eduardo que me pone en ridículo gritando a todo pulmón en las gradas del Estadio Azteca:

-¡Oye Jaime, tu hijo no sabe dónde queda Europa!

-Cállate-contesta mi padre de la misma manera y agitando las manos con vehemencia-…el otro día dijo, viendo un mapa, que México era Canadá.

No me quedó otra que sonreír haciéndome el chistoso detrás de mi refresco de naranja, mientras todos me volteaban a ver.

-¿Como te explico?¿Has ido a Veracruz?-eso si lo conocía porque mi mamá había nacido en el puerto y una vez mi abuelito Balo y mi abuelita Herta me habían llevado, así que muy efusivo afirmé con la cabeza- Pues en Veracruz agarras un barco y te vas derecho por donde sale el sol y después de siete días llegas a Europa. -¿Y si te vas en avión?

-Sólo te tardas como doce horas y llegas a Suiza que es famosa por sus relojes, sus chocolates y sus montañas llenas de nieve.

-¿Como el Popo y el Ixtla?

-Andale, nada más que ahí hay más montañas todas blancas de nieve y hay ciudades y pueblos en la nieve y los suizos son buenos para esquiar.

-Si-que mete su cuchara mi tío Luis en la plática frotándose las manos. Ahorita estos cuates están en su ambiente. Ni frío han de tener.

Recordé de inmediato algunas fotografías de el Atlas Geográfico del “Riders Dillest”. Fotografías, que no está de más decirlo, me habían impresionado mucho: a la puerta de su casa estaba un niño con una gorrita azul marino como la mía; era una cabaña de madera de techo inclinado, triángulo educado con amplias ventanas donde reposaban las macetas para los geranios primaverales. Vivía en uno de esos pueblitos a los pies de una tirana montaña filosa y resbalada de nieve suave, tersa, inmaculada, frío misterio de los climas y geografías. Había también bosques de pinos cubiertos por el aromático musgo y rubias despanpanantes caminando forradas en lana de vivos colores, sonriendo con los dientes blanquísimos. Me encantaban aquellas planicies cóncavas alfileteadas por banderines de colores y brillosos esquiadores.

Mi ensoñación y la clase de geografía terminaron cuando Arturo Yamazaki, árbitro, por cierto, peruano, dio el silbatazo inicial del partido y con él los vaivenes de la pelota, los pases, las evoluciones. Era increible cómo cientoytantosmil espectadores podían fijar todos su atención en un solo punto y rebrincar y silbar y maldecir y enojarse y saltar de gusto al unísono. Era un magnetismo que subía de aquel tapete de billar y que creció de intensidad cuando “Coco” Goméz se metió por la derecha y mandó un centro fuerte que Pereda mató con el pecho, la pelota se meció en el aire como en cámara lenta y comenzó a caer mientras un suspiro espectante se apoderó del estadio y antes de que el balón tocara el suelo, lo empalmó con la pierna derecha en un golazo que removió al Azteca completito. Gritos, porras, bocinazos, estampida de matracas y banderas.

En el segundo tiempo Borja se destapó con dos goles. Primero un zapataso potente que pegó en el larguero y se metió y luego un golazo “de cabecita” que cerró la cuenta de tres que la Selección de México le recetó a la de Suiza, la noche del 5 de Enero de 1967. Uno pa’ Melchor, uno pa’ Gaspar y otro para Baltazar.

En el interior del carro, ya de regreso a casa, en el río aquel de faros titiliantes, claxonazos y banderas colgadas de las antenas del radio, comencé a entender bien que aquellos colores que manchaban los mapas, servían para delimitar paises, pero hablaban también de lenguas y lenguajes, de historia, moneda y religiones diferentes. El mundo que ahora estaba atrapado en el interior obscuro de un Buick 58, súbitamente comenzó a agrandarse en la noche mientras yo me empequeñecía. Se hizo redondo y creció en todas direcciones hasta encontrarse con el sol. Del otro lado de la tierra campos iluminados, ríos feraces, blancas cumbres que en blancas curvas se descolgaban hasta nuestros pies, otros árboles y otras manos que se ceñían a su alrededor y un niño se puso su gorrita azul marino para irse a la escuela y al levantar su mochila con sus útiles, vió en el periódico que la selección de su país había perdido con la de México por tres goles a cero.

A la semana siguiente, una buena mañana, salí de mi casa para ir a la escuela. Al abrir la puerta que daba al garage me sorprendio la muy inusual visión del jardincito delantero de la casa cubierto de nieve. Maravillado caminé despacio, queriendo ser ingrávido para no romper los copos a mis pies. Abrí el portón principal y atreví mi cara con anticipada alegría fuera de ella. La nieve atrapaba la cuadra y la hacía bella y melancólica.  En ese momento me acordé y volví a entrar a mi casa a ponerme mi cachuchita azul marino, pensando que sólo dos días antes, en Guadalajara, la selección de México había perdido dos cero con la de Suiza en un segundo partido.

Mientras caminaba hacia la escuela, resbalando mis pies en aquella tierna y suave nieve, pensé en gritar, aunque sabía que era una tontería; “¡Estamos empatados!”, para que me oyera aquel niño suizo que de seguro se disponía a dormir y echaba un vistazo al perchero para asegurarse de que ahí estaba nuestra gorra azul marino y nuestro abrigo.

Era el 11 de Enero de 1967, el feliz día que junto con muchos niños de México, conocí la nieve.

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La Resurrección de Cristo

EL arte salva.

Es una de las historias más extraordinarias que he escuchado. Tiene que ver con un cuadro. Con una pintura mural, que habita en un pueblo de Italia. Pero tiene que ver con que el arte salva. Ya sé que eso lo hemos escuchado mucha veces, es hasta un lugar común y la cabeza de una serie de eventos medio cursis. Pero en el caso de esta historia, no se trata de una bella metáfora. Aquí, un cuadro en concreto salvó de su destrucción al milenario pueblo de Borgo Sansepolcro, en los turbulentos años de la segunda guerra mundial.

EL PINTOR

Piero della Francesca nació ahí, en el pueblo de Borgo del Santo Sepulcro, en una fecha no determinada del año de 1415. Fue un pintor poseedor  de un trazo enigmático que como buen contribuidor del renacimiento italiano, tuvo mucho de matemático y geómetra. Todo en la búsqueda de un arte pictórico humanista y verdadero, que consagró mucho de su éxito a la exploración del arma favorita de los artistas de todo el quatroccento, la perspectiva y la proporción divina.  Fue un maestro de la técnica al fresco y sus pinturas, generalmente monumentales, ocupan destacados lugares en iglesias de Arezzo, Urbino, Rimini y Roma. Dato curioso, el noble y, como dijo Kenneth Clark, mayestático Piero, murió en un día verdaderamente histórico, el 12 de Octubre de 1492.

LA PINTURA

Piero  era un pintor relativamente famoso, aunque contundentemente renombrado, cuando recibió el encargo de hacer una representación con el tema de la resurrección de Cristo, para que adornara una de las paredes del Palacio Municipal de su ciudad natal. Todavía no hay consenso entre los especialistas, pero si decimos que pintó su resurrección entre 1450 y 1463, parece que no incurriríamos en ningún error. Se trata de una imagen pintada al fresco entre dos falsas columnas de travertino, cubriendo una superficie de 2.25 X 2.00 metros.

No tenemos que explicar mucho de la imagen. Cristo levantando la bandera de los cruzados, levantándose del santo sepulcro. A sus pies cuatro soldados dormitan. Los de la derecha en una imposible pose. El del paño rojo con la lanza, no tiene piernas. De veras. Ve a una imagen más grande y analiza que sería imposible que las tuviera, porque no podrían caber en el espacio que hay entre él y el otro soldado. Otro detalle interesante, el soldado que está con los ojos cerrados de frente a nosotros, es posiblemente un autorretrato del mismo Piero. En el fondo, en ese extraño bosque con árboles oscuros, un detalle de genialidad que trasciende lo pictórico y se enreda con lo filosófico. Los árboles de la izquierda están pelones, yermos, posiblemente muertos. Los de la derecha lucen frondas tupidas. Si la naturaleza puede renacer y lo hace con cada cambio de estación, qué no podía hacer el hijo de dios. Dice Kenneth Clark, un estudioso que sabe mucho de esto: “Este dios rural que se levanta en la luz grisácea mientras los seres humanos todavía duermen ha sido adorado desde que el hombre supo por primera vez que la semilla no está muerta en la tierra durante el invierno, sino que brotará a través de una corteza de hierro. Después se convertirá en un dios de alegría. Pero Su primera aparición es dolorosa e involuntaria. Parece ser parte del sueño que tan pesadamente gravita sobre los soldados dormidos, e incluso Él tiene la distante y fatal mirada de un sonámbulo.” (pp 70-71 de “Piero della Francesca”, en Alianza Forma).

La pintura fascinó a sus contemporáneos y fue muy admirada en su tiempo. Pero luego, digamos que el gusto de los pobladores de  este pueblo, cambió un poco. En el siglo XVIII a algún plutócrata le pareció poco digna y decidieron encalarla. Decidieron taparla. Debemos recordar que por esos años impera un estilo pictórico, el Rococó, superficial y fatuo, que no ha de haber visto con buenos ojos a este Cristo humano, sencillo, verdadero y, diría Clark, bastante somnoliento.

Pero estamos hablando de un cuadro sobre la Resurrección, sobre el milagro de renacer. Más de 100 años estuvo el mural tapado. Un día los pigmentos de Piero, comenzaron a trasminar la capa de cal. Alguien se dio cuenta de que en esa pared había una pintura. Se hicieron las investigaciones pertinentes y se llegó a la conclusión de que ahí había una obra del maestro Piero della Francesca. Ahora estamos en el siglo XIX, en la plena revaloración que del maestro italiano hicieron los estetas del romanticismo. La capa de cal cayó, fue removida, la pintura restaurada y revivida. Desde 1839 se le ha podido apreciar sin ningún problema, hasta nuestros días.

LA LEYENDA

En la década de los años veinte, Borgo Sansepolcro fue visitado por un joven inglés, que en ese momento contaba con veintitantos años. Su nombre Aldous Huxley. Era el incipiente escritor que luego llegaría a ser muy conocido por su novela de anticipación, “Un Mundo Feliz”. En un ensayo escrito a propósito de sus viajes por Italia y otros paises, el joven Huxley relató la gran sorpresa que le había proporcionado conocer “La Resurrección de Cristo”. También su gran emoción de enfrentar una gran obra de arte. Huxley se enredó en los caminos de la Toscana, saliéndose de las clásicas rutas de los turistas. En su exploración dio con esta muestra de lo mejor del renacimiento italiano y para él, con lo mejor del arte de la pintura. Fue tanto su entusiasmo que no dudó en calificarla como la mejor  pintura en el mundo. (“The best picture in the world”). Por supuesto que así lo asentó en sus escritos.

En los años treinta, el entusiasta ensayo de Huxley fue leído por Anthony Clarke, un ilustre desconocido en ese momento de la historia. Lo importante es que mientras pasaron los años a Tony Clarke no se le olvidaron tres datos. Piero della Francesca, Borgo Sansepolcro, la mejor pintura del mundo.

En 1944 al frente de un destacamento de artillería del ejército Inglés, se encontraba el Capitán Anthony Clarke. Sus tropas se movían por la Toscana italiana bombardeando los remanentes de unidades alemanas que se retiraban ante el avance aliado. En el valle del alto Tiber recibió la orden de bombardear una población que estaba a la vista, porque se sospechaba que los remanentes de una división alemana se pertrechaban en su interior. Hacia ella dirigió la mira de sus cañones. Cuando revisó en su mapa se dio cuenta que era precisamente el pueblo de Borgo. Retumbo en su cabeza, como cañonazo, Piero y la mejor pintura del mundo. Ordenó, con riesgo de sufrir graves represalias, que se parara el fuego. Algunos disparos ya se habían realizado, impactando en la torre central del pueblo y ocasionando no poco destrozos. Más tarde una piqueta de partisanos entró en contacto con los ingleses, para avisarles que Borgo estaba libre de enemigos, por lo que no era necesario abrir fuego. Tony pudo subir la montaña y contemplar con sus propios ojos, no solo la pintura, sino todo el pueblo que ella había salvado. Hasta el día de hoy hay una calle llamada A. Clarke, en Borgo Sansepolcro, para recordar a un hombre con buena memoria y con una sensibilidad especial.

Claro que hay una lección en esta historia. Afortunadamente es categórica y puntual. Profunda como el sueño de los soldados. Gravita y pesa como los volúmenes meditados del dibujo de Piero. Aquí no hay metáforas pomposas o cursis. Gracias a una obra de arte se salvó de la destrucción a todo un poblado milenario. El arte salva. ¿A poco no?

Piero soñando su resurrección.

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Cuando la envidia es mas que un pecado

Yo vivo en un desarrollo modelo del sur de la Ciudad de México. Un conjunto de más de treinta casas, con áreas comunes que incluyen salón de fiestas, alberca y un cubo de paredes blancas donde se juega squash. Todo está reglamentado al detalle para usarlo racionalmente sin afectar nunca a los demás condóminos. Se sobreentiende que otra de las ventajas de vivir en este desarrollo, es que hay un policía en la puerta y solo deja entrar a las personas debidamente autorizadas, amen de las que viven aquí. Este tipo de condominios han proliferado en nuestro país, ante los problemas de criminalidad, porque ofrecen, en esta estructura de vivir a la vista de todos, una red de vigilancia espontánea, con sus consecuentes cosas buenas, así como muy malas. Pero si de algo puedo jactarme es de que en los quince años que tengo viviendo con mi familia en este lugar, nunca jamás he tenido, ni he sabido, de un robo o de un acto criminal.

Y entonces estás pensando que de la envidia que hablo en el título de este relato es precisamente de tú envidia porque yo vivo en un lugar seguro, agradable, bien reglamentado y en orden. Una especie de oasis en medio de este caos, de este país sin ley.

Pues no.

Porque parece que cada vez que nos enteramos que algo funciona, más o menos, que en algo hay paz y tranquilidad, que en algo hay orden y concierto, las fuerzas primordiales del universo conspiran para que se acabe la armonía y surja el caos.

Resulta que una de las tantas casas vivía un hombre grande. Más allá de los sesenta años. Era alto y flaco y tenía un bigotazo poblado y largo, y una cara como esculpida en madera por algún émulo de Modigliani. Larga era su expresión y acaso su tristeza. Yo veía al hombre siempre con un cigarro en la boca, cuando me lo encontraba en los pasillos, en la calle del condominio. Manejaba un auto monumental y alguna vez tuvo un Mercedes Benz de colección. También lo llegué a ver en el centro de Coyoacán, pues tenía, con su esposa, una papelería muy bien surtida, que era el negocio familiar que los sostenía a todos. A saber, el jefe de familia y sus humaredas de nicotina, su esposa, dos hijas chaparras, feas y rollizas ya casadas, y un adolescente delgado que parecía estar siempre en la luna.

Un día supimos que este señor de los cigarros, tenía otro tipo de problemas y era su adicción a las bebidas alcohólicas. Y se fue y estuvo ausente por una buena cantidad de tiempo. Varios meses, puede ser que más de un año. Se dijo que estaba en rehabilitación.

Un día regresó. Estaba más delgado, lo que ya era como un insulto, y de súbito con la flacura, le habían caído encima los años y la vejez. Caminaba a pasitos cortos y rápidos, en una suerte de andar atorado, de robot de palo, de muñeco roto. Cosa extraña, el cabello seguía abundante y negro. Se decía entre los vecinos que poco habían podido hacer los meses de reclusión, las terapias, los baños de infusiones, los masajes y las sesiones psicoanalíticas, pues se perdía todavía por una botella y por una bebida alcohólica.

Su esposa se iba a trabajar y lo dejaba en la casa. Le ponía bajo llave las botellas. Un día se tomo unas lociones. Para que no se saliera de la casa a beber a una cantina, lo dejaba vestido con unos pantalones cortos y unas chanclas propias para ir a la alberca comunal. Y ahí se metía prácticamente toda la mañana, hasta que llegaba su familia a la hora de comer. En ese lapso la alberca era de él. A sus anchas. A su totalidad, pues nadie acudía a bañarse. Entre semana los niños estaban en la escuela, los adultos trabajando. Incluso otras personas grandes, ya jubiladas, pues hacían algunas cosas y no estaban para andarse metiendo a la alberca.

Así que Don Nicotina disponía del lugar a su anchas. Y se metía al agua. Se salía a fumar. Se volvía a meter. Sa asoleaba. Volvía a fumar. Y así se la pasaba de las diez de la mañana hasta las dos de la tarde, por lo menos. A esa hora llegaba su esposa, lo metía a comer y ya bajo su vigilancia transcurría la tarde, haciendo quién sabe qué cosa. Y así pasaron algunos meses.

Un día a alguien se le ocurrió poner en renta una casa del condominio y evidentemente a la hora de enseñar las virtudes de la casa, pues se incluían las áreas comunes tan bonitas y arboladas. También el cubo blanco del squash, el salón de fiestas y la alberca. Y cuando entran a esta última, la instalación joya de la corona del desarrollo, los futuros inquilinos se encuentran a Don Nicotina disfrutando de sus baños de sol, absolutamente encuerado. Claro, el hombre aquel en aquella soledad diaria, un día se le ocurrió que para qué usaba los ridículos pantalones cortos con que lo dejaba su esposa, así que pasaba casi todo el tiempo desnudo en libre convivencia con la naturaleza y la humedad de la naturaleza.

Se armó la de dios es padre. La dueña de la casa que se rentaba levantó una protesta ante la junta de vecinos y todos fuimos convocados a una reunión extra urgente donde teníamos que decidir a la brevedad, qué acción tomar ante una falta tan grave al reglamento del condominio. Por supuesto que lo que se discutía era que Don Nicotina dejara de usar para siempre las instalaciones de la alberca. Ahí levanté mi mano para intervenir. Mi alegato consistía en que nosotros no entendíamos lo que pasaba por la cabeza de ese pobre hombre. Era un alcohólico y posiblemente tenía problemas mentales más serios. Yo imaginaba, que lo más importante de su día, eran esas cuatro horas que pasaba en absoluta soledad en la alberca del condominio. Yo imaginaba que debería ser un momento increíble. La verdad hasta envidia me daba poder estar tirado al sol encuerado un rato en la mañana. Así que mi propuesta era que todos los días entre semana, se destinara un horario de dos horas, de diez a doce, si les parecía, para que la alberca, que por lo demás nadie usaba en lo absoluto, fuera plena y únicamente ocupada por Don Nicotina para que pudiera hacer en ese tiempo lo que se le viniera en gana. Ya estarás adivinando la respuesta. Me tildaron de loco, de provocador, de incoherente. Por supuesto nadie aceptó mi propuesta. Claro que lo que yo pensaba es que no podían aceptar que cuando ellos llevaban tres horas trabajando en su oficina, en su propia alberca, hubiera un señor asoleándose encuerado. Pero era el deseo secreto de todos. Sólo que yo había sido el único en aceptarlo abiertamente.

Sinceramente sigo pensando que era la mejor solución que podíamos haber encontrado al problema con nuestro vecino, sin embargo todos los condóminos me ven pasar y se ríen. Sé que me señalan. Ahí va el loquito ese. El que le gustaría vivir encuerado bajo un árbol comiendo bananas. Por supuesto que Don Nicotina ya no puede acudir a la alberca. Eso lo decretaron todos los condóminos en pleno uso de sus facultades mentales. ¿Qué ganaron? ¿Restituir la paz y el orden? ¿El orden de quién?

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