Smith River, una Aventura en Montana.

Hace algunos años viví una de las más gratas experiencia de toda mi vida. Remontar 100 kilómetros a golpe de remo, en un río salvaje, del salvaje estado de Montana, en los Estados Unidos.

De regreso en México y para que no se olvidara la experiencia, escribí una crónica del viaje y lo publique en la prestigiada revista “Travesías”. Prestigiada pero fraudulenta. El artículo nunca me lo pagaron, a pesar de haber sido finalista y segundo lugar en un concurso que premiaba a las mejores piezas sobre periodismo de viajes, que hablaran sobre los Estados Unidos. Por ahí tengo incluso un diploma que me otorgó la embajada, firmado por Tony Garza, en aquel tiempo el ilustre embajador.

Al artículo me lo encontré el otro día y se me ocurrió que podía ser una pieza interesante para mis amigos que me siguen en este blog, que aunque ustedes no lo crean, cada día son más. En fin, que aquí está mi aventura en Montana, dedicada muy especialmente al Doctor Diego Genovés, porque siempre hemos querido tener un rancho de caballos, por aquellas tierras.

El Smith River desde la cueva de la pinturas

SMITH RIVER

¿Sabe usted la diferencia entre ser viajero y ser turista? El turista es ese despreciable ser que con una sonrisa babosa en la cara, se enfrenta al viaje sin saber nada, consultando mapas y comunicándose en un pésimo lenguaje, según al lugar en el que esté. Siempre cansado, siempre tomando fotitos y siempre conociendo los lugares, con los ojos de otros, como aparecen recomendados en superficiales publicaciones, o como el amigo de un amigo se los platicó.

El viajero no se aleja mucho de esta descripción, también cuelga de su cara la misma sonrisa, la cámara para las fotitos, no sabe hablar el idioma y por supuesto, sigue las recomendaciones de guías, revistas, amigos y enemigos. La pequeña gran diferencia entre ellos, es que el viajero se deja habitar por el espíritu de los lugares visitados, escucha los ecos milenarios de las ruinas y recorre los caminos con los pasos de quien sigue a un gran maestro. El viajero aprende y se renueva en cada viaje. El turista regresa siendo la misma persona, impermeable a la experiencia. El turista ve, el viajero observa.

El turista que viaja a Nueva York regresará hablando de un montón de atracciones, dará exactas direcciones de restaurantes y teatros donde vio comedias musicales. También te recomendará tiendas de baratijas, de ofertas inenarrables. Un amigo mío, admirado viajero, me dijo regresando de esa ciudad: “Nueva York es una sonrisa. Son dientes sus filosos edificios, muelas sus estrechas avenidas. Su vertiginoso movimiento… mordida… mordida.” El turista regresa con cosas que compró, el viajero vuelve envenenado de las cosas que mordió.

Lo curioso es que yo meditaba sobre este tema cuando fui invitado a un viaje verdaderamente diferente. Al evento en donde todas mis sesudas elucubraciones sobre el caminante que hace al camino, se iban a poner a prueba. Se presentó la oportunidad, el pasado verano, de remontar 100 kilómetros de río, en el boreal estado norteamericano de Montana. Cinco días alejado por completo de todas las comodidades que no pudieras cargar en una lancha inflable. Eso quería decir una vena del “viajerismo” que yo había despreciado desde siempre. EL que se hace durmiendo en tiendas de campaña, cocinando en estufas portátiles, comiendo guisos elementales y hasta un poco salvajes. El que requiere de peripecias de yogui para cosas tan sencillas como “ir al baño” y que no contempla en su diccionario las palabras “agua caliente”.

El reto vino directamente de mi hija, una niña de seis años llamada Eréndira, que me dijo con una risa muy burlona “Tu no eres capaz de hacer eso papá. A ti te gustan los hoteles y los restaurantes. Viajar en coche o en avión, no en lancha.” Pronto comprendí que estaba sentenciado, que tenía que hacerlo si quería seguirme preciando de ser un viajero.

No tenía escapatoria. Al río.

El Smith River es un río caudaloso y fresco. Sus aguas son los últimos y profusos deshielos que los calores del verano producen en las nieves de las montañas de la “Continental Divide”. Es, ha sido y será, famoso entre los pescadores, sobre todo aquellos que practican la grácil disciplina del “Fly Fishing”, pues sus aguas abundan de peces aficionados a comer mosca. Entre ellos, truchas de diversas denominaciones y nomenclaturas. El río es afluente del “Missuri River”, que a su vez desemboca en el padre de las aguas, el “Mississippi”, el río más extenso del mundo, el que nace en los grandes lagos y cruza los Estados Unidos para desembocar en el Golfo de México.

Los primeros en remontar las aguas del Smith River, fueron Lewis y Clark, dos viajeros de legendarias proporciones. Eso sucedió en el siglo XIX con canoas de piel de Bisonte y guías indios. Ahora a principios del siglo XXI, hay dos maneras de revivir la epopeya. Una opción es pagar 3300 dólares a una compañía especialista en excursiones. Ellos se encargan de llevar las lanchas, los guías, suculentas comidas, acondicionar los campamentos y proveer de todo lo necesario. Uno se encarga de llevar la caña de pescar y aventar de la manera mas graciosa posible, la carnada de mosca. También de tomar las fotitos y poner cara de tarado ante el impresionante paisaje. Como te está imaginando la opción 3300 dólares quedó descartada por turística.

La manera de los viajeros es haciendo circo, maroma y teatro para conseguir todo lo necesario para remontar el río. Esta es la manera de los locales, de los habitantes de Montana y con un grupo de 45 de ellos me dispuse a hacer el viaje.

Desde el mes de Febrero de este año, las cuarentaicinco personas del grupo entramos a una lotería en internet, para ganar uno de los ocho permisos que se otorgan al día, para poder hacer el viaje. Debido a la gran cantidad de gente que quiere hacerlo, la administración, pone a la suerte los lugares y sus afortunados ganadores. Al participar tienes que pagar 40 dólares. Si no ganas se te regresan. Al llenar tu forma propones tres posibles fechas para entrar en el río. Afortunadamente ganamos tres lugares en la misma fecha. Por cada permiso pueden entrar quince personas.

La logística para llegar equipado es monumental. Lo más importante es tener la lancha con los remos. Estas fueron rentadas en una casa especializada en la ciudad de Helena, Montana. Por trescientos billetes verdes y un depósito de tarjeta de crédito, conseguimos nuestra lancha. Cada lancha transporta a cuatro personas y a lo necesario para que esas cuatro personas sobrevivan la experiencia. Se infiere: tienda de campaña, bolsas de dormir, ropa y cachivaches de cocinar. Equipo vario, cámaras fotográficas y, muy importante, comida, bebida, agua y leña. Cada lancha transporta una o dos hieleras donde se mete la comida perecedera. En algunas lanchas la comida es lo de menos. En esas hieleras abundan las cervezas.

Para llegar a la entrada del río, un lugar llamado “Camp Baker”, se rentó un autobús escolar y dos camionetas con remolque. Una cargando hieleras, la otra las lanchas desinfladas. En Camp Baker, tienes que escoger lugares para pasar la noche cada uno de los días que vas a viajar. Los lugares están designados y sirve para que haya un control de la gente en el río.

Después de armar las lanchas, cargar todas las cosas y organizarnos, partimos a nuestro primer destino, el campamento Indian Springs a diez kilómetros. Claro que como buen viajero quise remar desde el primer día, pensando que conducir un bote era cosa de niños. Que equivocado estaba. La corriente no es muy fuerte pero debido a que no hay mucha agua, tienes que ir evitando piedras y bajos, lugares en los que te vas atorando. Así, tienes que conducir muy bien el bote, sorteando los peligros. Un remazo aquí, dos más para allá y yo no entendía cómo conducir el hinchado casco para no chocar contra todo, para no atorarme en las piedras, para avanzar con celeridad.

Lo curioso es que al entrar al río los cuatro navegantes de mi lancha, nos quedamos en silencio. ¿Sería posible decir algo ante la belleza del paisaje? Lo mejor era callar. Cañones de piedra amarilla cerrando el cauce del río. En las alturas pinos verdes, casi negros. A veces parches nevados en medio de cenizas tibias.

Las primeras en resentir el castigo fueron mis manos. A la hora de estar remando comencé a sentir el característico y muy humillante dolor de las ampollas. La burla fue inmediata, ¿qué esperaban?, tengo manos de escritor. Un poco después los brazos, los hombros y la espalda. Al llegar al campamento, un par de horas después, ya me dolía toda la existencia. Pero no paras. Después de desembarcar todo, hay que armar el campamento y ayudar para hacer la comida. Hay que hacer el fuego, poner casas de campaña, inflar los colchones para debajo de las bolsas de dormir. Hay que acondicionar la letrina y mi hija quiere ir a conocer los alrededores. Subimos una pequeña montaña y pudimos observar como iban llegando lentos y extasiados los demás expedicionarios.

El campamento es dominado por las mujeres. Son ellas las que ordenan, las que cocinan, las que disponen las cosas que hay que hacer. Los hombres cooperamos sólo con nuestra fuerza bruta y nuestra innata habilidad para hacer el fuego. La mujer y su inteligencia, su costumbre práctica se erige en estas circunstancias en la madre rectora. Vivimos pues en el matriarcado que hace la primera cena del viaje, unos burritos que me saben a pura gloria aderezada con delicia.

El sol se mete a las nueve y media de la noche y para cuando me voy a dormir, a eso de las diez y cuarto, todavía hay suficiente luz como para no usar la linterna.

Al día siguiente me desperté temprano, hice el fuego después de varios intentos. Preparé el café para los demás que fueron saliendo poco a poco de sus tiendas. Después de un desayuno, partimos a la aventura.

De aquí en adelante no hay detalle. Se entra en una rutina fácil donde se carga, se rema, se come, se admira el paisaje, se ven cantidad de animales. Se llega al siguiente campamento para cenar, para platicar, para tomar un vino a luz de las fogatas, para admirar las estrellas, (en mi vida había visto tantas), para dormir como nunca. Al día siguiente se sigue la rutina llena de sorpresas. Un día subimos una montaña para llegar a una cueva donde había pinturas rupestres. Manos anónimas habían advertido al viajero de los miedos de los milenios. Por eso pintaron con pasmosa síntesis unos osos, un rayo, las estrellas, algunos hombres malos.

Lo que comienza a ser diferente es uno mismo. De pronto me doy cuenta de que estoy aprendiendo a remar, que ya no voy dando tumbos y que el ritmo del agua comienza a ser mi amigo y no me peleo con él. También mis manos se adaptan al castigo y construyen rudos callos que soportan el trabajo. Mi habilidad con el fuego llega a la maestría. Mi inglés ha mejorado bastante. Me comunico perfectamente con todos los integrantes de nuestro grupo y hasta paso divertidos momentos escuchando sus historias, sus miedos y esperanzas. Me acerco mucho a mi hija y a mi esposa y compartimos momentos maravillosos, chispazos que nunca olvidaremos, como aquel venado de siete puntas que cruzaba el río al atardecer, o el majestuoso vuelo de un águila calva, la víbora que salió volando de dentro de un palo que había improvisado Eréndira como bat. También a la pobre chica de Nueva York que creyó ver a lo lejos una familia de osos. Al acercarnos, nos dimos cuenta que eran vacas.

Mi hija me dice la última mañana: “Papá, ya bajaste la panzota”. El trabajo físico, ha dado frutos y doy brincos de contento.

Mientras esto escribo me doy cuenta que gracias a cinco días de convivir con la naturaleza, su enervante fascinación me convirtió en otro hombre. Hoy en la mañana, mientras remontaba el río de autos, el caos hidráulico de los volantes desquiciados de la ciudad de México, hasta le sonreí a un chofer de microbús, después que este me aventara su camioncito con intenciones de matarme. Pobre hombre, pensé, él no ha tenido la oportunidad de platicar cara a cara con la tierra, para darse cuenta que un pedazo de asfalto y ahorrarse cinco segundos, no tienen la menor importancia. Lo importante es una familia, un río y remarlo a golpe de fogata.

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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One Response to Smith River, una Aventura en Montana.

  1. superdonetor 2012 says:

    No mames…. ¡¡¡está poca madre!!!! resulta una inspiración para tratar de seguir viajando, pera volver a creer que vale la pena.

    Gracias

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