Un rostro sin ayer

Como deben haber notado los que me han seguido en este blog, a mi me gustan las historias con algún guiño fantástico.

Y voy por ahí coleccionando, recolectando, rescatando narraciones que de pronto nos enfrentan con la posibilidad de que haya un orden diferente al que nos propone la realidad, que a veces resulta un poco aburrido.

Tengo un amigo. Lo conozco hace añales. Somos de la misma edad y nos conocimos en la escuela, porque hicimos juntos la preparatoria. Siempre me cayó muy bien porque sentíamos debilidad por un montón de cosas, jugar fútbol, ciertos autores de literatura negra, la cerveza oscura, el cine de los grandes directores y la música de rock contestataria y rebelde.

También intentamos añadir a esta lista otra montaña de snobismo, ser los primeros de nuestra generación escolar, en leer a Nietzsche. Creo que después de ochenta páginas de “Así habló Zaratustra” abandonamos la misión. No entendimos una chingada. Mejor leímos “2001 una odisea espacial” de Arthur C. Clarke y escuchamos a Richard Strauss. Ah, bebimos más cerveza oscura.

Hace un tiempo me llamó su esposa. Mi amigo estaba en el hospital. Había sufrido un infarto. Por supuesto que corrí a verlo.

El primer día ni pudimos hablar. Estaba muy mal. Para poner las cosas en contexto dramático usemos el cliché: estaba al borde de la muerte, recluido en terapia intensiva después de una cirugía en el corazón.

La esposa me platicó que habían ido al teatro. Todo estaba bien. Veían la obra y se reían mucho, pues era una comedia muy graciosa. En el intermedio se levantaron y salieron al vestíbulo. Él fue a comprar un refresco, ella al sanitario. Cuando estaba en los servicios, percibió que afuera había una conmoción. Gritos, exclamaciones, gente que corría. Cuando salió, su marido, mi cuate, estaba en el suelo inconsciente sufriendo el infarto.

Si algún día te da un infarto ojalá y sea en sábado en la noche. Gracias a esto, y que no había tránsito, la ambulancia llegó veloz y le dieron tratamiento a tiempo.

La verdad me asusté. Mi cuate no fumaba mucho. No tomaba mucho y a veces iba a caminar por las mañanas a los viveros. Estaba pasadito de peso, pero nada del otro mundo.

Al día siguiente me puse a dieta y me subí a la bicicleta estática.

Pasaron los días y mi migo mejoró. Mejoró notablemente. Lo fui a ver casi a diario y yo notaba que cuando llegaba, su ánimo cambiaba. Yo interpreté que aquella ansia, aquel entusiasmo, era porque le daba gusto verme.

Con el tiempo descubrí que lo que pasaba era que se le quemaban las habas por contarme la razón por la que le había dado el infarto.

Pero eso tuvo que esperar hasta una tarde en la que se le fugó a la esposa y pudimos encontrarnos en la plaza de Coyoacán. Testigos del encuentro fueron unas botellas de cerveza oscura, una tlayuda para mi, una ensalada con tasajo a la plancha, para él.

Y me comenzó a contar.

¿Te acuerdas de Mónica? me preguntó a bocajarro.

¡Cómo olvidarla! le contesté.

Era una muchacha hermosa que fue su novia en primero de prepa.

Además de hermosa era simpática, agradable, solidaria, jaladora y una actriz extraordinaria. Sin duda, la estrella del taller de teatro escolar, en el que participamos alguna vez.

Mónica era blanca, de cabello castaño. Era chaparrita pero su cuerpo lo habían diseñado los anónimos escultores griegos, que en el mármol blanco habían esculpido esas Venus de muslos grandes, caderas generosas, pies pequeños y provistas de buenas reservas alimentarias, en ciertos lugares que a mi me agradaban mucho.

Ahora que lo más impresionante eran sus ojos. Una colección de vidrios de colores. Eran verdes, azules, amarillos, grises y café. Todo al mismo tiempo y a como recogieran luz. Los ojos de aquella chiquilla eran el tesoro más preciado de aquella pulguienta preparatoria.

Debo confesar, y ya lo estarás sospechando, que si no hubiera sido la novia de mi cuate, no la hubiera dejado pasar. Por lo menos le hubiera hecho el intento y hasta un poco más.

Pero era novia de mi amigo.

Bueno y a todo esto, ¿qué con Mónica?, le pregunté al infartado mientras le daba un trago a un Whisky de una malta. Y aquí reproduzco de memoria lo que pudo haber contestado, palabras más, palabras menos.

¡Ay mano! ¡Mónica! Tú sabes que fue mi primer amor. No que fuera mi primera novia, que ya había tenido algunas cuando la conocí, pero si fue de la primera que me enamoré. ¿Te acuerdas? Solo pensaba en ella y era el centro de toda mi existencia. Por ella hubiera dejado la cerveza oscura. Por ella hice el ridículo en el taller de teatro. Yo no actuaba una chingada, pero así podía verla más tiempo y admirarla toda. Me encantaba verla actuar. Con aquella poca técnica, pero qué derroche de talento, de intuición, de capacidad innata. ¡Qué carisma! En los ejercicios, en las improvisaciones, en las obras, era la que destacaba. La que borraba a todos los demás actores en el escenario. ¿Te acuerdas todas las flores que le llevé? ¿Los chocolates, las cartas que le escribía? Me traía de purititas nalgas arando el pavimento.

¿Por qué terminaron? me atreví a preguntar, pues genuinamente no recordaba el episodio.

Porque la sacaron de la escuela, me contestó tan enojado. Porque su papá construyó una casa en la chingada y hasta allá se la llevó a vivir. Adelante de Satélite que en aquel 1977 era como ir a la luna. Yo no tenía coche. Ir hasta allá era una aventura de locos. Y ella entró a otra escuela y pues hizo sus amigos y yo los míos y nos dejamos de ver.

Si, ya me acordé.

Hablábamos por teléfono a veces, pero las cosas se fueron enfriando. Un año fuimos novios y casi te puedo decir que fue un año tan bonito… ¡no te rías pendejo! ¡Ya sé que es una babosada lo que estoy diciendo! ¡Que éramos unos chamacos tontos! Inocentes… muy inocentes. Jamás hicimos el amor por ejemplo. Todo era muy platónico, muy idealista, muy… ¡menso! Pero también de una pureza inaudita. Y pasaron los años. Un día leí un libro y… no te voy a decir cuál porque tú también lo leíste…

Dime cuál.

No te voy a decir.

Ándale cuál.

No carajo. Uno de ciencia ficción donde había un personaje, donde en esa simpleza de mujer, esa inocencia, esa belleza, creí ver a Mónica. Ya había pasado tiempo, pero me acordé y sentí un poco de lo que alguna vez sentí por ella. Tan solo un poco… y fue suficiente para que la buscara. Por ahí tenía el teléfono y le marqué. Ya no vivía ahí. Ya nunca supe más de ella. Y eso fue… no sé cómo definirlo, pero me quedé con Mónica clavado en la cabeza. Muy en el fondo, pero allí estaba clavada, idealizada, infatuada, recordada. Tal vez no haya pasado, desde aquella fecha, un sólo día en el que no me haya acordado de ella. Y al acordarme… sigo sintiendo un calor en las tripas ¡Salud!

Ya casi me ganaba la risa ante tanta miel, pero me aguanté.

Bueno está bien la confesión, pero qué tiene que ver con tu infarto, cabrón.

Guardó silencio, puso en orden sus ideas y me atacó.

Tú una vez dijiste algo sobre la risa de Mónica. Acuérdate.

Lo único que me acuerdo era que tenía una risa muy peculiar.

¡Eso! Una risa inconfundible.

Era muy escandalosa.

Si, pero adorable. Yo que la tuve un año completo junto a mi, lo único que quería era que se riera, que riera todo el tiempo porque así sabía que estaba contenta, que era feliz a mi lado. Tú dijiste una vez que en un grupo de personas, si se reían, sabrías distinguir perfectamente si estaba Mónica.

Éste comentario me llevó por un momento a las épocas que hacíamos teatro. En las que yo ensayé a ser actor. En los ejercicios y en la improvisaciones, cuando uno buscaba la reacción del público para saber si ibas bien o te regresabas, la risa de Mónica destacaba inmediatamente y era, tengo que reconocerlo, una sensación maravillosa. Te indicaba que estabas llegando al sentimiento de alguien. Y  cualquiera que haya estado cagándose de miedo en un escenario, podrá decirte que eso es lo más importante.

Bueno, no me acuerdo haberlo dicho con esas palabras, pero si. Definitivamente pude haberlo hecho.

Pues bien… y el gesto de mi amigo se hundió en la gravedad. Y grave continuó.

Siempre pensé que algún día iba a encontrar a Mónica. Que iba a escuchar su risa en una muchedumbre, que iba a ver su nombre anunciado en una marquesina teatral. Pero pasaron los años. Amo a mi esposa, amo a mis hijos tú lo sabes, pero siempre en el fondo tenía clavada a esa mujer.

¡No mames! le dije al adivinar el desenlace.

¿Qué cosa?

Que te la encontraste en el teatro y te dio el infarto.

Espérate cabrón, no tienes ni idea de lo que pasó. Fui al teatro con mi esposa a ver una comedia babosa y comercial. Un asco de obra. Y desde que empezó… ¡la risa! ¡Puta madre! ¡Ahí estaba! Seguro, entre aquellas ciento y tantas personas destacaba su carcajada, tal como lo había imaginado.

¿Y luego?

Llegó el intermedio y yo me paré y empecé a buscarla entre la gente. Y me salí al vestíbulo del teatro. Mi mujer me dijo voy al baño y yo a toda madre, porque así la iba a poder buscar mejor. Y me fui a un rincón y caminé para allá y para acá. De repente… la risa en medio de un grupito de personas. Me di la vuelta, caminé. De pronto, entre la gente, ¡Mónica! Pero no la señora de cincuenta años como tú o como yo. ¡Mónica, mano! La que actuaba, la de diecisiete, la que era mi novia, el amor de mi vida. Las tripas me hirvieron en asombro y ese calor me subió al corazón y me dio el infarto.

Guardé silencio. Él jadeaba un poco. Tomó aire profundamente. Un trago y continuó.

Fue tan impactante verla otra vez. Regresar en el tiempo a ese rostro sin ayer. Estar a unos metros de esos ojos que me emocionaban, a esa risa que era todo para mí, que no pude soportarlo y caí fulminado. Desperté en un hospital.

Dejé de reírme.

Contemplé los ojos de mi amigo arrasado por las lágrimas y escuché sus últimas palabras ahogadas por la emoción. Y eso, y lo que me estaba diciendo, me dejaron congelado.

Ante esa declaración tenía que reaccionar. Intentando sacarlo de su amargura, con todo el tacto del mundo, le dije:

¿No crees, simplemente, que todo lo que habías fantaseado alrededor de ella, te está jugando una mala pasada?

No, cabrón, no. Era ella. Mónica. Sigue teniendo diecisiete años, mientras tú y yo y todo el mundo hemos envejecido y nos hemos hecho esta mierda que estamos hechos.

Ante tal declaración no me quedó otra que preguntar: ¿Lo dices en serio?

¡Por supuesto!

Me contestó tan enfático que ahí me di cuenta porque había dicho aquello de hacer el ridículo en las clases de teatro. Era un sobre actuado de nacimiento.

Afortunadamente la sobre mesa no duró mucho más.

Mi amigo pidió la cuenta.

Cuando nos despedimos yo pretexté que iba al baño. Subí a los servicios pero para cagarme de risa. Era horrible pero después de toda aquella declaratoria arrebatada y cursi, me convencí de que la raíz de los peores males del ser humano, siempre es su propia mente. Aquel había sido un infarto psicosomático. Cabalgando en sus frustraciones de joven, mi amigo había dado rienda suelta a su fantasía. La culminación había sido un rostro sin ayer y un infarto masivo.

Pero lo más grave era la solución que se proponía, una mujer que al conservar su belleza se establecía como una singularidad del universo. Una mujer a la que el tiempo no le pasaba por encima.

Por supuesto que mientras me reía en el retrete del restaurante, pensaba en que debía solucionar este embrollo. Tal vez encontrar a Mónica para pedirle que me recomendara a su cirujano plástico. Y no para mí, que me importa muy poco la conservación de mi belleza juvenil porque nunca la tuve. Sino para tanto monstruo que vemos en la tele. Esas actrices que pretendiendo evitar lo inevitable, se vuelven un amorfo testimonio de la vanidad. Y queriendo conservar su lozanía, se acaban dando en toda la madre.

Claro que del baño a mi casa solo pensé en una cosa. Rastrear por las redes sociales a la bellísima y jovencísima Mónica.

Un par de días después volví a encontrarme con mi amigo.

Par de panzones, y yo remojando mis barbas por aquello del infarto, lo invité a caminar a los viveros de Coyoacán. Al saludarnos inmediatamente sentí cómo ese par de días habían actuado en su psicología. Estaba mansito, cariñoso, extremadamente cordial. Seguro se había dado cuenta de que eso de pensar que Mónica seguía siendo una niña de diecisiete años, era una soberana tontería.

Nunca te has metido al Facebook ¿verdad?

No, mano. Me da mucha hueva.

Y lo acribillé.

Gracias a esa hueva había encontrado a nuestra a nuestra compañera. Una mujer de cincuenta años que parecía de…. El chiste es que tenía una hija de diecisiete que parecía de diecisiete y era exactamente igual a su madre.

La que tú viste, o quisiste ver en el teatro, fue a la hija. A la que escuchaste reír, sin duda alguna fue a la madre, a nuestra compañera, a tu novia. Ella debió de haber estado junto a la muchacha, pero no le prestaste atención. Y yo sé porqué.

¿Por qué?

¿Estás seguro de que quieres escuchar mi respuesta?

Si, seguro.

¿No te va a dar otro infarto?

No, ándale… desembucha.

La preciosa Mónica es hoy un tonel de más de cien kilos. Es gorda, rotunda, volumétrica, cetácea. Sigue teniendo un rostro decente y, eso si, unos ojos bellísimos. Pero por su tonelaje, ni la volteaste a ver.

Vinieron las risas, las sobadas, el bálsamo para los exabruptos y el fin de un misterio que había resultado polémico y fascinante.

Y seguimos caminando.

Hoy me habló mi cuate. Ya es miembro de una red social y ya está en contacto con Mónica. ¿Le contará, alguna vez, todo esto?

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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3 Responses to Un rostro sin ayer

  1. Ricardo Ugarte says:

    Muy bueno, atrapas, siguenos contando, no lo dejes. (Mientras me sigo cagando de risa cada ves que me acuerdo del relato del estadio) Siguenos contando………………………

  2. Mario Montes Pozo says:

    qué buena historia, es un corto perfecto…el cine no se te sale de las letras…abrazo

  3. Jose lavat says:

    Me encantan tus historietas, mi Jimbo. Adelante !

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