La Carrera Panamericana

 

Mi amigo Benito Taibo, cuenta una anécdota muy graciosa, que le sucedió en un pueblito paupérrimo del estado de Veracruz. Caminaba por calles de tierra, sin trazas de pavimentos ni concretos, en uno de tantos pueblos de México, cuando de repente escuchó un grito estentóreo, manoseado en el muy característico acento de la costa: “¡Obdulia… baja los guajolotes del piano!”

Intrigado dirigió sus pasos a una choza de barro y caña brava (creo que ya le estoy echando de mi cosecha), quedemos en que caminó hasta una muy humilde vivienda y penetró por la puerta que estaba abierta.  O tal vez ni puerta tenía. Ahí, en la penumbra y compartiendo habitación con muebles francamente pobres, estaba un precioso piano Stenway de cola larga. Un capricho de maderas y laca negra, que pudo haber estado en cualquier sala de conciertos del mundo y que aquí era una prosapioza superficie tapizada de guajolotes.

Por supuesto que un gran escritor y reportero y poeta y gourmet y cocinero y entrañable compañero de tantas aventuras, investigó el por qué de aquella imagen imposible. Claro que no seré yo quien desvele ese misterio. La próxima vez que vean a Benito, pregúntenle por los guajolotes de Obdulia.

A mi me pasó algo parecido.

Antes que nada debo decir que voy a contar la historia a medias. Me voy a reservar algunos detalles. No quiero provocarle problemas a las personas involucradas y por lo tanto voy a omitir todos los nombres de lugares y personas.

Hecha la aclaración, comenzamos la historia con que en una ocasión fui contactado por una dependencia del gobierno del estado de Oaxaca. Querían que alguien fuera al pueblo de Santa María T… a tomar unas fotografías. Resulta que en la punta de un cerro habían encontrado algo, que no voy a decir, de gran importancia para los arqueólogos. Los expertos todavía no se ponían de acuerdo sobre a qué cultura podía pertenecer, de ahí la razón de un levantamiento fotográfico, para distribuirlas entre los expertos y  comenzar su investigación.

Volé a Oaxaca. Llegué a mediodía y por la tarde ya tenía una reunión con la gente involucrada en el proyecto. Ya saben, Bellas Artes, Antropología, la Universidad, el Gobierno del Estado, etc. La cosa es que la persona que me iba a llevar al pueblo, un arqueólogo del equipo que descubrió aquello, había enfermado repentinamente de apendicitis y a esas horas estaba en el hospital. Más precisamente en un quirófano del hospital. Pero ellos habían conseguido a un muchacho que era mecánico de los autos de alguna oficina de gobierno y que había nacido ahí en Santa María T… Él sabía  perfectamente cómo llegar al pueblo y me podía indicar el camino, que según dijeron, estaba muy enredado. El muchacho se llamaba… vamos a decir que Margarito.

Así que al día siguiente temprano, salimos a enfrentarnos al camino. Y cuando digo enfrentarnos… es que fue una cosa que yo no imaginaba. La peor carretera que están pensando era un paseo junto a esta. Ni aquella que bordeando el risco producido por un río, me llevó a Motozintla, Chiapas, se le podía comparar.

El pueblo estaba en la parte más enredada de la sierra madre occidental, que al pasar por Oaxaca apelotona las cumbres y las desordena todas, creando una alturas inhóspitas, dignas de valientes, de águilas y halcones. De gente muy hermosa, muy solitaria, muy silenciosa. Los indígenas de esa región son callados y ceremoniosos. Tienen algo de venados por temerosos y esquivos.  Pero es gente que traspasando el umbral es cálida y muy noble.

Margarito conocía muy bien el camino y me iba diciendo todo como un confiable copiloto. Las curvas, las cuestas, los vericuetos de una carretera que se enredaba en unos bosques hermosísimos, con la caligrafía del puro capricho.

A esto habría que añadirle los otros autos. Casi todos camiones cargados, remontando las curvas y pendientes a paso de desesperación. Por aquellos lugares imperaba la impericia. Vimos varios accidentes.

A propósito de uno de estos, Margarito me preguntó si alguna vez me había enterado de la Carrera Panamericana. También porque un pedazo de la carretera que habíamos tomado, había sido espacio para aquella competencia.

A finales de la década de los cuarenta, se terminó de construir una carretera que cruzaba todo México de frontera a frontera. Para festejar este hecho histórico, triunfo de la modernización de nuestro país, se pensó realizar una competencia que completara toda la ruta, más de tres mil kilómetros de distancia. De Tuxtla Gutierrez, Chiapas, hasta Ciudad Juárez, Chihuahua.

La primer Panamericana se corrió en 1950. La última en 1954. Vinieron pilotos de todo el mundo atraídos, si por los premios, pero más por la brutalidad del evento. En esos tiempos todavía existía eso que llamamos orgullo y para un hombre representaba toneladas de eso cruzar un país salvaje, arriba de un auto humeante. Todos los que compitieron lo dijeron, simplemente terminar la carrera, era ganarle. Ganarle a México que era un territorio sumido en la leyenda. Ganarle a las selvas, a los bosques, a despóticos desiertos. Fue una locura, de folklórica, de salvaje, de arrebatada prueba que fue, sobre todo, un acontecimiento popular. El país se paralizó por cinco días. La gente deliró al lado de la cinta asfáltica y contempló emocionada el paso de los automóviles. Hubo montañas de accidentes, de muertos, de historias y de anécdotas.

Margarito me dijo que él se sabía algunas. Y me empezó a platicar algo que había sucedido en el pueblo a donde íbamos. Ahí, al cacique de la época, le dieron la orden los políticos del partido, de que llevara a todo el pueblo a la carrera, para que no se viera la carretera sola, porque iba a ser terrible propaganda para la nación. Aquel hombre, muy obediente e institucional, bajó a todos. No dejó a nadie, en ninguna de las cinco ediciones. Caminaron más de tres días para llegar a la orilla de la carretera panamericana a ver a los coches pasar. Algunos nunca habían salido del pueblo. Casi todos, nunca habían visto un automóvil.

Para mayor seña me contó que su papá, que en 1950 tenía quince años, nunca había visto un coche o un avión.

Claro, le dije, por eso tú eres mecánico de coches.

Exactamente. Mi padre, pobrecito, nunca ni siquiera soñó con tener un coche. Además él cree que los coches sólo son para correr, para competir. Nunca le he podido meter en la cabeza que los coches son para transportarse. Él alega que para transportarse está el camión. Como los coches siempre pasan a los camiones en los que él viaja, piensa que son coches que están compitiendo, por eso van rápido.

¿Nunca ha viajado en un coche?

Si, yo lo llevé en carro varias veces. La primera vez que se subió a uno parecía que entraba en una iglesia. Le di una vuelta por las terracerías del pueblo, por las calles. Pero como ahí no había otros carros, él pensó que no se había organizado la carrera. Una vez que lo llevé a la ciudad de Oaxaca, iba en la carretera como un niño. Feliz porque pensaba que íbamos compitiendo. Siempre quería ir a madres, como en una carrera. Y me animaba a ir más rápido, me aplaudía y gritaba emocionado.

Bueno, le dije porque sentí un dejo amargo en sus palabras, algo debe pasarte cuando el primer coche que vez en tu vida es un Lancia Sport manejado por Juan Manuel Fangio o Piero Taruffi.

No es eso, me dijo Margarito. Ahora que lleguemos al pueblo y veas el atraso y la marginación en la que vive mi gente, vas a entender todo.

Salimos de la carretera secundaria y viajamos un buen rato por la de tierra. El paisaje eran las cumbres y los despeñaderos. Estábamos a más de 1500 metros sobre el nivel del mar y en aquellas barrancas y derrumbes vivían felices los pinos, los robles, los encinos y hasta las caobas. Era un bosque apretado de árboles hermosos, rompiéndose en ramas tupidas de verde, peleándose por ganar el cielo azul y los rayos del sol.

Después de casi seis horas de camino, por fin llegamos a Santa María T… Hay que decir que en esas seis horas apenas recorrimos 280 kilómetros. No habíamos participado en ninguna carrera y nuestro promedio de velocidad había sido de escasos 46 kilómetros por hora.

Santa María T… era un pueblo muy bonito. Pequeño, pintoresco y si, como había dicho Margarito, muy pobre. Llegar ahí era hacerlo a otra época. Yo no vi ningún coche en la calle. La gente caminaba o montaba en burros grises, mulillas de carga o unos caballos pequeños y flacos. No había luz eléctrica más que a partir de las seis y media de la tarde y hasta las ocho de la mañana. Sólo había dos televisiones. Una en una secundaria técnica y que servía para que los muchachos tomaran clases. Por cierto era blanco y negro. La otra estaba conectada a una antena parabólica y pertenecía al presidente municipal. No había cobertura celular y sólo había siete teléfonos.

La gente hablaba en su propia lengua, una suerte de música que salía de su boca, como pudo haber salido del piano tapizado de guajolotes.

Ahí nos pusimos en contacto con dos arqueólogos que trabajaban en el descubrimiento. Marido y mujer. Extranjeros y pagados por una Universidad norteamericana para llevar a cabo sus investigaciones. Un verdadero encanto de personas, sobre todo ella, que era lo que se podía entender como una belleza cremosa. Además de unos ojos muy azules.

Para conocer el lugar de sus investigaciones, caminamos por el bosque un poco más de una hora, hasta llegar a un crestón de piedra, al borde de un risco que daba a una vista espectacular. La arqueóloga me explicaba que el sitio era muy importante porque había elementos de distintas culturas. Una fusión de sincretismo religioso, nunca antes visto. También se me acercaba mucho y me ponía muy nervioso. Yo me concentré en ver cómo le iba a hacer para fotografiar aquel lugar que estaba muy difícil. Como no puedo describir de qué se trataba no tienen ni idea de la bronca en la que estaba metido, por las condiciones de la luz. Además tengo que decir que esto fue hace muchos años, cuando la fotografía digital quería empezar y los fotógrafos todavía teníamos que saber lo que estábamos haciendo. No había manera de disparar, ver y corregir, como es ahora. En aquel tiempo era pensar, pensar, pensar. Disparar, protegerse, disparar. Mandar a revelar muchos metros de película y recoger la hoja de contactos con el corazón trepidando. Si no estaba bien, había que regresar al lugar y volver a hacer el trabajo a expensas del fotógrafo.

Salimos del lugar y regresamos al pueblo. Yo a pensar cómo le iba a hacer, para tomar aquellas fotos. Cenamos en una casa que rentaban los arqueólogos y llegó la hora de dormir. La arqueóloga estaba muy puesta para que me quedara en la casa con ellos. Yo mejor me fui con Margarito, que ya me había invitado. El gringo estaba muy grandote. Además tenía curiosidad de conocer al hombre que creía que el mundo era una carrera de autos.

Conocí, entonces a Bartolomé. Y este si era su nombre verdadero. Acababa de cumplir sesenta años, pero poseía una extraña energía, una fibra primordial. Era moreno, sin una arruga, el cabello sin canas. No tenía un solo bello en el cuerpo y su cara era un concierto de facciones amables. Ojos grandes y negros. La dentadura era un desastre. Vestía con un calzón de manta corto, unos guaraches y estaba muy contento de ver a su hijo. Salió de la casa a recibirnos y por supuesto admiró varios minutos la camioneta en la que veníamos. Efectivamente había algo de religioso en la manera en la que revisó el auto.

La casa era pequeña, pero cómoda. Tenía un patio central de tierra viva donde nos sentamos a admirar la noche y platicar. Margarito me pidió que le contara a su papá, de las carreras de autos que yo había visto. Como fotógrafo me había tocado cubrir el Gran Premio de México de Fórmula 1 de 1986 a 1992. También muchas otras carreras. Le platiqué entonces de los grandes pilotos de mi época. Los conocía a todos. Margarito me explicó que su padre, junto a otros hombres, constituían una cofradía que se reunía en la tele de la secundaria, a ver todas las carreras de Fórmula 1. Ahí me di cuenta de que en Santa María T… aquello de haber sido primigenios espectadores de la panamericana, había generado una visión del mundo medio extraña. Hechos sucedidos más adelante, me dieron la razón.

Bartolomé era gran admirador de Senna, fallecido un par de años antes, por lo que la plática derivó en el piloto brasileño. En un momento me parecía inaudito estar en aquella casa, frente aquella noche, escuchando a un indígena zapoteco, narrándome en su lengua, la última curva de Ayrton Senna da Silva. ¿Esto es lo que llamamos globalización? En fin, que cuando le dije que yo había saludado de mano a su admirado piloto, guardó silencio y me vio con sorpresa, con reverencia. Se agachó tantito, señaló mi mano con la suya. Yo se la tendí y me la estrechó temeroso. Al tomarla me hizo una inclinación asiática y sonrió como cuando sonríes ante lo maravilloso. Aproveché para contar una anécdota que me sabía. Ese fue el punto climático de la noche, donde sentí que la comunicación con ese hombre que fantaseaba que el mundo era una carrera de coches, llegaba más allá de las palabras y los gestos.

Le conté sobre una revelación medio mágica, medio tenebrosa, muy sorprendente, que le hizo en una ocasión una adivinadora. Senna, triple campeón de Fórmula 1, millonario, joven, exitoso, polémico, arrogante, infantil, era además de todo esto muy religioso. Se hizo de muchas críticas cuando declaró que tenía un nexo místico con dios, cuando conducía su auto de carreras. Llegó a decir que había momentos en los que él no manejaba. Lo hacía dios. Por supuesto que todo el mundo se cagó de risa. Pero donde nadie se rió fue cuando una adivinadora le dijo que tuviera mucho cuidado, porque estaba escrito que él iba a morir en un Ferrari. Senna, ni se preocupó porque él manejaba, en aquella su última temporada, un Williams. Murió el primero de Mayo de 1994. Estrelló su automóvil Williams en la curva Tamburello del autódromo Enzo y Dino Ferrari de la ciudad de Imola, Italia. Como había vaticinado la pitonisa, había muerto en un Ferrari.

La historia causó honda impresión en Bartolomé. Se sumió en el silencio. Se fue la sonrisa, la emoción de sus ojos.

Nos fuimos a dormir.

Al día siguiente tomé muchas fotos y le huí a la arqueóloga. Margarito me ayudó en todo y con su innato talento para la mecánica aprendió muy rápido a cambiar lentes, a cargar película, a montar y descargar respaldos. A medio día ya era un perfecto asistente de fotógrafo que se interesaba mucho en los designios del exposímetro.

El día fue largo, cansado y muy estimulante. Nuestros ojos contemplaron otra vez un prodigio de otro mundo. De cuando la tierra era plana, de cuando la luna era dueña del calendario, de cuando los dioses eran tan imperfectos como nosotros. De cuando los hombres les rendían un culto de grecas y geometría.

Dos días completos me tomó hacer el levantamiento fotográfico, siguiendo las indicaciones de los arqueólogos.  En la tarde del segundo, ya para terminar, Bartolomé se apareció por el sitio. Había terminado su labor en la milpa. Bajó del burro y nos trajo en un morralito de yute unos duraznos maduros. Comimos aquella fruta recién cortada y nos supo a gloria. Tomamos agua de su guaje.

Bartolomé contempló el descubrimiento arqueológico y dijo en su lenguaje: “Aquí murieron los hombres del cielo. Nosotros somos hombres de tierra.” La arqueóloga se emocionó. Yo me quedé pensando un buen rato en esas palabras.

Tomé la cámara para hacerle unas fotografías. Le regalé un par que hice con el respaldo Polaroid de la Mamiya. Cuando se vio en las fotos sonrió sorprendido y se puso muy contento. Con infinita reverencia me pidió que le hiciera una con su hijo. Tomé dos y le di una a cada uno. Estaban felices.

Nos despedimos de los arqueólogos y fuimos a casa de Margarito. Cenamos una mezcla de hierbas, como el quelite o los berros, guisados con hortalizas, calabaza, chayote, granos de maíz. Unas tortillotas blancas deliciosas. Una salsa de chille “cuu”. Tomamos agua de lima.

Después de cenar me dijo Margarito que su papá quería enseñarme algo, pero me advirtió que lo que iba a ver, no se lo podía divulgar a nadie. Me imaginé que era algo relacionado con el descubrimiento arqueológico. Caminamos por el pueblo. Por callejuelas oscuras iluminadas por la luz de la luna y unas candelas que traíamos en la mano. Llegamos a una casucha. Entramos.

La casucha, de paredes de adobe y techo de teja roja, resultó ser un garage. Y cuando prendieron las luces apareció ante mis ojos un coche. Un bello automóvil azul. Un autito de carreras pequeño, con sus números pintados, con la publicidad impresa en la carrocería. Era un auto de la Panamericana de 1953. Un deportivo muy sexy de esos para dos personas. Un demonio europeo que homenajeaba las formas del viento y las que dictaba la aerodinámica de aquellas épocas. Era un brillo impecable, un olor a cuero y aceite. Se veía pequeño y fiero, dispuesto a devorar kilómetros. El auto estaba perfectamente conservado. Y tuve razón, era un descubrimiento arqueológico.

Ahora el sorprendido era yo. Como el piano y sus guajolotes, me quedé pensando qué hacía aquella pieza de excelsa ingeniería en un lugar como este.

Margarito me explicó, mientras admiraba las pulidas y educadas formas de aquella carrocería cincuentera. Los habitantes de Santa María T… se lo habían robado. Nadie en el pueblo hablaba de eso, pero él algo había averiguado porque era, desde hacía muchos años, el encargado de mantenerlo en buen estado.

El auto arrancaba y encendió el motor para que yo lo comprobara. Cuatro veces al año lo sacaban a dar vueltas por el pueblo. Nadie sabía manejarlo, solo él podía hacerlo.

El cacique del pueblo en 1953, el mismo que los hacía caminar cada año a ver la carrera, se lo encontró descompuesto en un taller de la ciudad de Oaxaca. Ya había terminado la competencia,  ya las mujeres habían suspirado por el “zorro plateado” Piero Taruffi, ya había muerto Bonetto en Silao, ya había ganado Fangio en su Lancia. Ya todos los equipos habían regresado a sus países de origen, cuando este hombre descubrió el auto prácticamente abandonado. Y algo sucedió en su interior. Se enamoró, le dio un arrebato místico, lo poseyó la codicia, vaya usted a saber, pero regresó a Santa María T… y convenció a un grupo de hombres para que fueran con él y lo robaran. Entre ellos, por supuesto, Bartolomé. Así lo hicieron. Una pandilla de indios fascinados con un auto se presentaron una noche y lo robaron.

Lo subieron por la sierra, no sabía cómo. Tenía una flecha rota y la suspensión dañada, por lo que no podía circular. Pero el motor estaba perfectamente. Llegando al pueblo lo metieron en su garage y lo ocultaron del mundo. Hecho inaudito, en aquella cadena de dislates, que aquel lugar se convirtió, durante algunos años, en una especie de templo. El demonio europeo era objeto de adoración y culto. Lo trataron como santo. Le traían ofrendas, quemaban velas, le pedían cosas. Prendían el motor y lo aceleraban. Rugía como trueno y hacía retumbar la casucha. Lo veneraron.

Un día el coche no prendió más. Se acabó la santidad y cayó en el olvido. Tal vez el único que lo siguió adorando fue Bartolomé que lo limpiaba y lavaba. Que puso su fe en su hijo y le inoculó la fascinación por el autito. Margarito fue a Oaxaca y de chalán se fue convirtiendo en maestro mecánico. Un día trajo una batería nueva, otras piezas. Lavó carburadores y bujías. Cambió platinos y condensador. Le cambió el aceite y los filtros. Le pusieron gasolina. El demonio volvió a rugir. Pero la gente ya tenían otros santos para adorar, se acabó el culto. A lo largo de los años Margarito pudo arreglar la flecha y corregir el problema de la suspensión. Y lo siguió cuidando. Era su orgullo en toda su encabronada expresión.

Claro que estás pensando que todo esto es un despropósito. Que son una bola de jaladas y tu mente se está haciendo muchas preguntas que no he contestado. Esas mismas interrogantes eran las que yo me hacía cuando estaba en el culo del mundo, frente a un auto reluciente de la panamericana del 53. Perdón, debo añadir a reluciente, además muy hermoso.

Regresé a México sin dejar de pensar un segundo en todo el cuento del autito. A veces en los ojos de la arqueóloga. Bueno, también en otras partes no descritas de su anatomía.

Debo decir, por si te apuraba, que las fotos fueron un éxito. Funcionaron muy bien y pasé con sobresaliente la papeleta. Pero el coche…

Me metí a investigar. Conseguí libros, consulté gente. Platiqué con amigos y conocidos, locos de los automóviles. Me encontré con algunos que estoy seguro de que también pudieron haber robado el auto si se les hubiera presentado la ocasión y que en esencia, santificaban en su pasión a los automóviles, nada más que lo expresaban de otra manera. Al conocerlos me di cuenta de que el hombre actual, en toda nuestra organización social, adoramos a los autos, les rendimos pleitesía desde hace años y hasta los consideramos hacedores de milagros. No nos damos cuenta de que como creación del hombre, el auto se ha vuelto ajeno a su productor y lo está dominando.

Pero olvidémonos de filosofía y el modelo de la enajenación de Feuerbach. Aquí el punto era que un auto que había venido a una competencia internacional, no podía haber sido robado así como así, sin haber ocasionado una particular conmosión. Yo me imaginaba que ese hecho debió haber sido un escándalo de buenas proporciones. Buscando su estela me fui a la hemeroteca y consulté varios periódicos. Dos editados en Oaxaca. En ningún lugar se consignaba que una banda de forajidos se había robado un auto de la panamericana. Claro que no olvidé el dato de que el robo se había producido tiempo después de haber acabado la carrera. Por lo mismo cubrí en mi pesquisa, los tres meses posteriores a la celebración de la competencia, que había sucedido entre el 19 y el 23 de Noviembre de 1953.

Es más, yo no te he dicho de qué auto se trataba, pero sé perfectamente la marca, el número y hasta el piloto que lo manejaba. En la información que consulté no se consignaba ningún abandono. El demonio santo azul, había llegado a la ciudad de Oaxaca sin contratiempo alguno y había salido al día siguiente, continuando en la carrera hasta completar la ruta. Aquí la posibilidad era, indudablemente, que Margarito me hubiera dado un dato erróneo. En tanto tiempo, la memoria y los hechos se pueden torcer.

Pero ahí no paró todo.

En 1999 viajé a España. Tomar fotos. Dentro del viaje diseñé dos escapadas para cosas personales. Una tarde a Las Ventas para ver a Manuel Caballero, José Tomás y Eugenio de Mora en una corrida de la feria de San Isidro y un viaje de tres días al país y ciudad del legendario constructor del auto que yo había visto, unos años atrás, en Santa María T… Desde México me había puesto en contacto con el presidente de un club de autos antiguos, que rendía culto a ese fabricante en especial y que era un gran orgullo en toda la ciudad.

A él le conté más o menos lo mismo que dije aquí. Solo mentí en una cosa y lo confieso. A él le dije que había pasado una noche con la arqueóloga. Perdón. Fue una mentira inocente. Evidentemente no me creyó. Lo del auto, lo de la bella mujer lo emocionó bastante.

Replicó que era imposible que el robo del auto no hubiera ocasionado hasta el rompimiento de las relaciones internacionales entre los dos países. Ahí le asesté la teoría que había estado urdiendo todos estos años. El equipo del demonio santo azul había hecho trampa. Había llevado un auto a la competencia y había llevado otro más a escondidas. Estaba el antecedente que un año antes, en la competencia del 52, el coche había tenido que abandonar por problemas mecánicos. Curiosamente con la suspensión trasera derecha rota, un poquito antes de llegar a …. Para que no les volviera a pasar se habían prevenido llevando dos autos. Las reglas de la carrera no permitían la sustitución del auto en caso de falla mecánica. Podías arreglar todo lo que quisieras una vez terminada la etapa y antes de que comenzara la que seguía, que te llevaría a otra ciudad. De seguro el auto se descompuso en Oaxaca, lo sustituyeron a la mala y dejaron el descompuesto tirado en un taller. Cuando acabó la carrera se fueron. Regresaron a su país pretendiendo que las cosas se enfriaran. Tal vez, después de prudente espera, alguien regresó a Oaxaca. Se encontró con que el auto había sido robado. Pero ellos no podían decir nada. Hubiera sido descubrir la trampa.

Como respuesta el presidente del club, guardó silencio. Luego me preguntó, ¿Tú conoces a la gente de las carreras de autos?

No. Nunca he estado metido en eso.

No hay gente más tramposa en el mundo. Ni los ciclistas.

Con eso aceptaba mi teoría y me prometió investigarla. Él podía hacerlo.

Pasaron dos años de pesquisas. En ese tiempo tomé muchas fotos. Viajé varias veces a Oaxaca y me encontré siempre con Margarito, al que alguna vez le confesé mis sospechas. Siempre me pidió muy ceremoniosamente que no le dijera nada a nadie. Siempre reiteré mi oferta de silencio. Pero insistí. El delito ya prescribió, le dije. Fue hace tantos años y además si mi teoría es cierta, los dueños del coche ni siquiera acudieron a la justicia.

Del grupo que fue a Oaxaca a robar el coche,  ya solo queda mi papá. El día que muera te doy chance de que hagas lo que quieras.

Ah, por cierto,  en ese tiempo también vi dos veces a la arqueóloga. La primera en Oaxaca cuando entregué las fotografías. Me confesó que se estaba divorciando del gringote. La segunda, tiempo después en México. Un evento en el Museo de Antropología. Ya vivía con el hombre aquel que no había conocido porque le estaban extirpando el apéndice. Aquella noche, no de galas pero si de elegancias, iba sola, se veía muy hermosa. Me hablaba de muy cerquita y me puso tan nervioso… yo iba con mi esposa.

Un día llegó el mail. El presidente del club lo había descifrado todo. Mi teoría era fundamentalmente correcta. Solo había fallado en una cosa. El auto no se había descompuesto en Oaxaca, sino en Puebla. De hecho no se había descompuesto. Detectaron que podía fallar la suspensión porque estaba dañada y cambiaron de coche haciendo trampa. El otro completó la ruta hasta Ciudad Juárez. Terminada la carrera alguien se encargó de recoger el coche. Lo iban a sacar del país por un puerto pequeño que no llamara la atención. Ese era Salina cruz, Oaxaca. El muchacho que lo manejaba sabía que no debía ir rápido, pero no se pudo contener. Un autito que levantaba tantas pasiones, fue víctima de lo mismo. Unos kilómetros antes de llegar a Oaxaca capital, la suspensión cedió y se rompió la flecha. El chofer lo llevó en grúa y lo metió a un taller para su reparación. Tuvo que esperar a que del otro lado del mundo le mandaran las refacciones. Se fue a Veracruz a recibirlas de un barco. Tardó semanas. Cuando regresó, ya se había perpetrado el robo. Le ordenaron regresar a Europa. Efectivamente reclamar hubiera desenmascarado la trampa y se regresó callado. Ese hombre, un viejo de setentaitantos años, le platicó al presidente toda la historia. Murió poco tiempo después.

Claro. Esta historia termina en muerte. Hace un mes recibí la notificación de que había muerto Bartolomé. Ya lo esperaba. Lo que es dolorosísimo es que fue en un accidente arriba de un coche y Margarito iba manejando. También falleció. Seguramente Bartolomé lo venía acicateando a que aumentara la velocidad, a que rebasara al auto frente a ellos. Mi consuelo es que tal vez murieron compartiendo un momento que era de ellos y solo para ellos.

Liberado de compromisos he podido contar la historia. Ahora al que no soporto es al presidente del club de automóviles antiguos que insiste en que lo lleve a rescatar el coche en Santa María T… Ya hizo una colecta y se ofrece a pagarme los gastos y una generosa gratificación por proporcionarle la información. ¿Qué opinas que debería hacer? Acabo de adivinar tu pensamiento. Tu recomendación sería, si sigue ahí la arqueóloga, que hay que ir a visitarla…

Lo voy a pensar.

 

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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3 Responses to La Carrera Panamericana

  1. Carlos Casillas says:

    Exelente historia primo!!!, yo opino que ese autito tiene que ser tuyo, la vida te puso en ese camino por una unica razon, creo que si no fuera por ti ese auto quedaria en el olvide. Saludos y un abrazo.

  2. Excelente lectura! Agradezco mucho estos 20 minutos que me robé de un día muy cargado, de lo habitual. Copnfieso que me dió gozo, tristeza, ánimo, pero sobretodo ese sentimiento de travesura que haces y te vale m…. cualquier cosa que pase después. Ahí me conecte con Bartolomé…
    En fin, Socio, hay que ir YA por el auto. Con el tiempo que lleva aquí, ya es Mexicano, no? Que club Italiano, ni que nada. Ahi te va: Vamos por el auto, nos tomamos un año para legalizarlo y ponerlo a punto y, en la Panamericana 2012 lo debutamos nuevamente. Como ves? Tu dices… Te mando un entrañable abrazo!

  3. RICARDO UGARTE FRICKE says:

    Bien Jaime, no cabe duda, hijo de tigre, pintito. Con la del estadio me cagué de la risa y con ésta me mantuviste en el borde de la silla, Síguele creo que tienes mucho que contar y el don de hacerlo bién. Recibe un abrazo.

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