La Resurrección de Cristo

EL arte salva.

Es una de las historias más extraordinarias que he escuchado. Tiene que ver con un cuadro. Con una pintura mural, que habita en un pueblo de Italia. Pero tiene que ver con que el arte salva. Ya sé que eso lo hemos escuchado mucha veces, es hasta un lugar común y la cabeza de una serie de eventos medio cursis. Pero en el caso de esta historia, no se trata de una bella metáfora. Aquí, un cuadro en concreto salvó de su destrucción al milenario pueblo de Borgo Sansepolcro, en los turbulentos años de la segunda guerra mundial.

EL PINTOR

Piero della Francesca nació ahí, en el pueblo de Borgo del Santo Sepulcro, en una fecha no determinada del año de 1415. Fue un pintor poseedor  de un trazo enigmático que como buen contribuidor del renacimiento italiano, tuvo mucho de matemático y geómetra. Todo en la búsqueda de un arte pictórico humanista y verdadero, que consagró mucho de su éxito a la exploración del arma favorita de los artistas de todo el quatroccento, la perspectiva y la proporción divina.  Fue un maestro de la técnica al fresco y sus pinturas, generalmente monumentales, ocupan destacados lugares en iglesias de Arezzo, Urbino, Rimini y Roma. Dato curioso, el noble y, como dijo Kenneth Clark, mayestático Piero, murió en un día verdaderamente histórico, el 12 de Octubre de 1492.

LA PINTURA

Piero  era un pintor relativamente famoso, aunque contundentemente renombrado, cuando recibió el encargo de hacer una representación con el tema de la resurrección de Cristo, para que adornara una de las paredes del Palacio Municipal de su ciudad natal. Todavía no hay consenso entre los especialistas, pero si decimos que pintó su resurrección entre 1450 y 1463, parece que no incurriríamos en ningún error. Se trata de una imagen pintada al fresco entre dos falsas columnas de travertino, cubriendo una superficie de 2.25 X 2.00 metros.

No tenemos que explicar mucho de la imagen. Cristo levantando la bandera de los cruzados, levantándose del santo sepulcro. A sus pies cuatro soldados dormitan. Los de la derecha en una imposible pose. El del paño rojo con la lanza, no tiene piernas. De veras. Ve a una imagen más grande y analiza que sería imposible que las tuviera, porque no podrían caber en el espacio que hay entre él y el otro soldado. Otro detalle interesante, el soldado que está con los ojos cerrados de frente a nosotros, es posiblemente un autorretrato del mismo Piero. En el fondo, en ese extraño bosque con árboles oscuros, un detalle de genialidad que trasciende lo pictórico y se enreda con lo filosófico. Los árboles de la izquierda están pelones, yermos, posiblemente muertos. Los de la derecha lucen frondas tupidas. Si la naturaleza puede renacer y lo hace con cada cambio de estación, qué no podía hacer el hijo de dios. Dice Kenneth Clark, un estudioso que sabe mucho de esto: “Este dios rural que se levanta en la luz grisácea mientras los seres humanos todavía duermen ha sido adorado desde que el hombre supo por primera vez que la semilla no está muerta en la tierra durante el invierno, sino que brotará a través de una corteza de hierro. Después se convertirá en un dios de alegría. Pero Su primera aparición es dolorosa e involuntaria. Parece ser parte del sueño que tan pesadamente gravita sobre los soldados dormidos, e incluso Él tiene la distante y fatal mirada de un sonámbulo.” (pp 70-71 de “Piero della Francesca”, en Alianza Forma).

La pintura fascinó a sus contemporáneos y fue muy admirada en su tiempo. Pero luego, digamos que el gusto de los pobladores de  este pueblo, cambió un poco. En el siglo XVIII a algún plutócrata le pareció poco digna y decidieron encalarla. Decidieron taparla. Debemos recordar que por esos años impera un estilo pictórico, el Rococó, superficial y fatuo, que no ha de haber visto con buenos ojos a este Cristo humano, sencillo, verdadero y, diría Clark, bastante somnoliento.

Pero estamos hablando de un cuadro sobre la Resurrección, sobre el milagro de renacer. Más de 100 años estuvo el mural tapado. Un día los pigmentos de Piero, comenzaron a trasminar la capa de cal. Alguien se dio cuenta de que en esa pared había una pintura. Se hicieron las investigaciones pertinentes y se llegó a la conclusión de que ahí había una obra del maestro Piero della Francesca. Ahora estamos en el siglo XIX, en la plena revaloración que del maestro italiano hicieron los estetas del romanticismo. La capa de cal cayó, fue removida, la pintura restaurada y revivida. Desde 1839 se le ha podido apreciar sin ningún problema, hasta nuestros días.

LA LEYENDA

En la década de los años veinte, Borgo Sansepolcro fue visitado por un joven inglés, que en ese momento contaba con veintitantos años. Su nombre Aldous Huxley. Era el incipiente escritor que luego llegaría a ser muy conocido por su novela de anticipación, “Un Mundo Feliz”. En un ensayo escrito a propósito de sus viajes por Italia y otros paises, el joven Huxley relató la gran sorpresa que le había proporcionado conocer “La Resurrección de Cristo”. También su gran emoción de enfrentar una gran obra de arte. Huxley se enredó en los caminos de la Toscana, saliéndose de las clásicas rutas de los turistas. En su exploración dio con esta muestra de lo mejor del renacimiento italiano y para él, con lo mejor del arte de la pintura. Fue tanto su entusiasmo que no dudó en calificarla como la mejor  pintura en el mundo. (“The best picture in the world”). Por supuesto que así lo asentó en sus escritos.

En los años treinta, el entusiasta ensayo de Huxley fue leído por Anthony Clarke, un ilustre desconocido en ese momento de la historia. Lo importante es que mientras pasaron los años a Tony Clarke no se le olvidaron tres datos. Piero della Francesca, Borgo Sansepolcro, la mejor pintura del mundo.

En 1944 al frente de un destacamento de artillería del ejército Inglés, se encontraba el Capitán Anthony Clarke. Sus tropas se movían por la Toscana italiana bombardeando los remanentes de unidades alemanas que se retiraban ante el avance aliado. En el valle del alto Tiber recibió la orden de bombardear una población que estaba a la vista, porque se sospechaba que los remanentes de una división alemana se pertrechaban en su interior. Hacia ella dirigió la mira de sus cañones. Cuando revisó en su mapa se dio cuenta que era precisamente el pueblo de Borgo. Retumbo en su cabeza, como cañonazo, Piero y la mejor pintura del mundo. Ordenó, con riesgo de sufrir graves represalias, que se parara el fuego. Algunos disparos ya se habían realizado, impactando en la torre central del pueblo y ocasionando no poco destrozos. Más tarde una piqueta de partisanos entró en contacto con los ingleses, para avisarles que Borgo estaba libre de enemigos, por lo que no era necesario abrir fuego. Tony pudo subir la montaña y contemplar con sus propios ojos, no solo la pintura, sino todo el pueblo que ella había salvado. Hasta el día de hoy hay una calle llamada A. Clarke, en Borgo Sansepolcro, para recordar a un hombre con buena memoria y con una sensibilidad especial.

Claro que hay una lección en esta historia. Afortunadamente es categórica y puntual. Profunda como el sueño de los soldados. Gravita y pesa como los volúmenes meditados del dibujo de Piero. Aquí no hay metáforas pomposas o cursis. Gracias a una obra de arte se salvó de la destrucción a todo un poblado milenario. El arte salva. ¿A poco no?

Piero soñando su resurrección.

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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