El Color Rojo

Esta es una perfecta historia para niños, aunque cuando yo la escuché ya había pasado por mucho la edad adecuada y aún así me cautivó. La refirió un hombre peculiar que conocí de la manera más extraña.

Resulta que yo rentaba una casa muy chiquita, en un pueblito cercano a Tepoztlán, el famoso lugar de los ovnis, los chamanes, las leyendas primigenias y la convención de montañas chinas, más hermosas de todo México. Ahí nos refugiábamos los fines de semana mi mujer, mi hija que era una niña, y yo. Pasábamos tiempos deliciosos descansando, jugando con la niña, metiéndonos al agua, pero sobre todo, alejándonos del bullicio que era una semana de ciudad y de trabajo.

Un día me mandaron a comprar pan. Bolillos, baguettes, porque habíamos traído unas carnes frías, unos quesos apestosos y unos vinos de casta, y les íbamos a dar matarili en compañía de una pareja de amigos que nos habían acompañado.

A pie de la carretera que nos llevaba a Tepoztlán, había un negocio que era panificadora, cafetería, restaurante, tienda gourmet y una terraza extraordinaria para admirar el Tepozteco.

Cuando llegué me dijo el dueño que me esperara unos quince minutos, porque estaba por salir el pan. Con la promesa de poder adquirir un pan salidito del horno, me dispuse a esperar en compañía de un café, en la terraza, mirador, que daba al Tepozteco y a las eras geológicas. Es hermoso ese concierto de murallas de piedra, de terraplenes verdes, de cañón de un solo lado. La viste se pierde en sus formas y caprichos. Aquella piedra es el núcleo de una montaña que desapareció, es el centro de toda una mitología y de toda la magia que atrae a tantos visitantes. Todos venimos a ver ese derrumbe, a encontrarle formas, a vivir su leyenda.

A los cinco minutos de estar ahí, subió un hombre como de mi edad, tal vez más grande que yo. Comenzaba a perder el cabello y a pintarlo cano. Vestía como explorador del national geographic. Sólo le faltaba la Nikon y el sombrero. Tenía las botas Timberland, los pantalones y camisa Columbia, en verde seco y plagadas de bolsas, cierres, carretes y respiraderos. Traía al cuello un paliacate de un azul plúmbago, que de verdad me dio envidia. Otro detalle para consignar era lo tostado de su piel y la sequedad de esta. Parecía que había cruzado todo el desierto caminando.

Se sentó a unas mesas de mi y clavó su mirada en las montañas. Luego me dijo en muy buen plan, buenas tardes y dio un trago largo a su café y una fumada grande a su cigarro.

También viniste por pan ¿verdad?, continuó con una sonrisa.

Así es, pero me encontré con este paisaje, ¿cómo ves? Te lo presto. No te lo vayas a acabar.

Y soltó una carcajada a gusto. Le pareció muy buena mi puntada. Tan sabroso se rió aquel hombre, que debo confesar que me sentí hasta ingenioso.

No te preocupes, te lo devuelvo intacto. Me contestó todavía agitado por la risa. Rápidamente entramos en confianza. Rápidamente establecimos similitudes entre nosotros y nos reconocimos. Así que platicamos. De tonterías y la lluvia. De nada y lo tonto que era el Presidente Fox. De que él vivía camino a Amatlán y construía casas ecológicas. Casi que lo invitaba a nuestro festín de vinos añejos, quesos apestosos y manjares fríos, pero en eso subió el dueño del lugar para avisarnos que ya estaba el pan.

Bajamos, compramos nuestras piezas y pagamos. Como me habían atendido primero a mi, salí antes que él. Solo le dije hasta luego.  Ni siquiera supe su nombre.

Pero cuando llegué a mi coche, una camioneta negra, me encontré que por un extrañísimo accidente, las dos llantas del lado izquierdo, estaban ponchadas.

Ahí me encontró el cuate aquel. Parado como idiota contemplando mis llantas sin aire.

Eso es mala suerte. ¿Traes refacción?, me preguntó.

Si, le contesté, pero evidentemente sólo traigo una.

No te apures, aquí está cerca la vulcanizadora. Vamos a quitar las llantas y yo te llevo.

No te molestes, ahorita agarro un taxi.

El cuate, que se llamaba Luis, tenía esa facilidad para hacerte sentir bien, que podía convencer a Dios, de que cuando llegara el fin del mundo, a él le gustaría estar junto a Luis.

Quitamos las llantas, montamos unas piedras bajo la camioneta y subimos a su Pick Up.

Al pasar junto a una casa en el camino me empezó a contar la historia que estamos esperando. A propósito de que ahí vivía un amigo suyo, de la infancia, viajamos a la década de los sesenta. Ese amigo tenía un abuelo que era pintor. Ese abuelo, tenía un taller, un estudio, en la parte alta de la montaña, del Tepozteco. Se llegaba por una terracería que usaban los campesinos, que en la meseta de arriba de la montaña, cultivaban maíz de temporal y hortalizas. Era un lugar bellísimo, extraño, una planicie alfombrada de maíz, donde sobresalían irregularmente, monolitos de piedra.

Desde allá arriba se veía muy bien todo el valle, todo por allá de Cuautla y hasta los volcanes del Popo y el Iztla.

Algunas veces fue Luis al estudio del abuelo. Dijo que el abuelo de su amigo, del que nunca pudo acordarse del nombre, estaba medio loco. Siempre pintaba cuadros rojos. Era un viejo raro, que él encontró genial. Me acuerdo que me contó que toda la familia hasta lo evitaba, pero que cómo para él era novedad, le hizo mucho caso y el viejito correspondió con su afecto.

El pintor tenía un taller, que era el paraíso para cualquier niño. Mesas, caballetes, los pinceles, las pinturas, recobecos y escondites. Lo más curioso es que el viejito fabricaba él mismo muchas de las pinturas con las que pintaba, con pigmentos naturales que había que colectar.

Para cierto tono de rojo, que el abuelo llamaba siena calcinada,  había que buscar unos depósitos que había bajo tierra.

Salían en la mañana al campo. Caminaban por senderos de tierra. Los que usaban los campesinos, los que se metían entre las hierbas y los matojos. Pasaban por abajo de unos árboles de troncos retorcidos y agrietados. El roció congelaba las hojas y brillaba plateado en las puntas de las ramas.

Nadie sabe cómo le hacía, pero el viejo encontraba los depósitos de la siena, una especie de arcilla chicloza y compacta. Escarbaba con una pala de explorador y después de escarbar como 50 centímetros, surgía la tierra roja, encontraba lo que estaba buscando. Y ya que encontraba un depósito, llenaba con la arcilla una lata que traía y procedía a tapar y marcar con una estaca para buscar el que seguía.

Él sabía que cada 32 pasos había un depósito del pigmento. Así es que cuando descubría uno, había que caminar 32 pasos para encontrar el siguiente. ¿Cómo sabía en qué dirección? Simplemente caminaba hacia los volcanes, que se dibujaban a lo lejos, allá abajo trasponiendo un valle, con sus cumbres blancas y filosas.

Según el viejo pintor, la siena calcinada se había formado de la siguiente manera.

En tiempos muy antiguos vivían en la tierra unos gigantes. Eran tan altos que se saludaban, no se caiga usted, porque el que se caía, ya jamás se levantaba.

Entre los gigantes había dos guerreros que eran hermanos y estaban enamorados de la misma muchacha. Una mujer joven y hermosa. Ella amaba a uno de los dos, pero nunca confesó a cual. Para quedarse con la muchacha, los hermanos convinieron en pelear. El que ganara, se quedaba con ella.

Se enfrentaron una tarde. Se alejaron de la ciudad donde vivían y vinieron a este lugar que llamaban las montañas de los gigantes. Sólo las serpientes y las águilas fueron testigos de la pelea.

Los hermanos se enfrentaron fieramente usando sólo sus manos. El más chico estaba a punto de vencer a su hermano cuando este, viéndose perdido y a punto de caer, tomó un árbol que había sido derribado en el trajín de la lucha y se lo clavó en el pecho.

Comenzó a salirle sangre por la herida.

Con infinita amargura el hermano chico le dijo que había sido desleal y no se merecía ver caer a su enemigo. Así que el gigante herido, con sus últimas fuerzas, corrió huyendo del lugar. Corrió en dirección de la cumbre nevada, del volcán que se veía desde la montaña de los gigantes. Una vez que llegó allí, se sambulló por la boca del cráter para de esta manera ocultar su cuerpo y su pena, de la faz de la tierra.

La bella muchacha, informada por las águilas y las serpientes del nefasto fin del cruento combate, decidió que iba a amar al infortunado. Que ese, en su desgracia, merecía su amor. Usando sus dotes de hechizera hizo un conjuro mediante el cual el gigante regresaría algún día de la muerte. Ella, pacientemente se acostó a dormir junto al volcán. Desde tiempos inmemoriales esa montaña se llama la mujer dormida y cualquiera puede apreciar claramente el perfil de la bella muchacha acostada sobre el mundo, esperando el regreso de su amado guerrero que algún día emergerá del volcán.

A todo esto, los depósitos de siena calcinada no eran otra cosa que las gotas de sangre que derramó, mientras corría hacia la montaña nevada, el triste guerrero traicionado. Por eso siempre cada 32 pasos. Por eso siempre en dirección del volcán.

Ahí terminamos de montar las llantas reparadas. Quitamos las piedras y los gatos.

Por supuesto que invité a Luis a que pasará más tarde por la casa y nos ayudara a consumir los vinos, los quesos, la viandas refinadas. Le di las señas para llegar y dijo que trataría de pasar por ahí.

Nos despedimos. Cada uno tomó su camino y nos separamos. Nunca nos volvimos a ver.

Pero siempre que escucho hablar de sangre, tan familiar en estos tiempos que corren, me acuerdo de Luis, el que buscaba junto a un viejo loco, las milenarias gotas de sangre de un gigante enamorado.

Te quiero decir que aquí está el vino, el pan y los quesos. Te siguen esperando.

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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2 Responses to El Color Rojo

  1. Gerardo says:

    El idilio de los volcanes, versión Tepozteca. Ahhh Don Luis. No será un buscador de sangre disfrazado, pero que hermoso pensamiento para crear, en el México desangrado que el calderonismo impuso para legitimar el monopolio de la violencia

  2. Gerardo says:

    Una nueva manera de semantizar la sangre en estos días de un calderonismo impotente de gobernar salvo desde el monopolio de la violencia, gracias Jaime, por esta visión Tepozteca del Idilio de los Volcanes, pero mejor aún gracias por la nueva manera de refererir a la sangre…

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