Estadio Azteca

Se llamaba Pele. Le decían "el Rey"

¿Te acuerdas de la primera vez que fuiste al Estadio Azteca?
Comenzaba el año de 1967 en medio de tormentas, de lluvia y un frío de los mil demonios. En el periódico, un astrólogo clamaba que este año iba a distinguirse por la violencia en el mundo, ya que estaba regido por el planeta Marte, el dios de la guerra de los antiguos.

Mi papá se iba carcajeando mientras nos leía los sombríos augures del profesor Soldei, un afamado adivinador, profundo conocedor de los movimientos planetarios y su influencia en la vida de los mortales. Por aquellos años la astrología y esas cosas, estaban de moda. Antes de preguntarte cómo te llamabas, la gente quería saber de qué signo eras.

Del otro lado del mundo nos llegaba una buena noticia a los mexicanos:  el corredor Pedro Rodríguez ganaba abordo de su Cooper-Maserati, el gran premio de formula 1 de Sudáfrica, el primer día del año. Yo tenía cinco años y ya iba en preprimaria pero todavía no tenía una idea clara de lo que era México, de lo que eran los países y todas esas cosas. Es mas, me hacía unas bolas terribles porque confundía la Ciudad de México con México como país y cuando mi papá me enseñó el fotorrelámpago de la A.P. que salía en el Excelsior (vía alambre directo desde Sudáfrica) con Pedro cruzando la linea de meta y recibiendo el banderazo a cuadros, yo le dije que por qué se sentía tan orgulloso si él no era mexicano, él era de Jalisco.

Cual sería mi confusión que una vez que ví un mapa del mundo identifiqué la forma de nuestro país y le dije a mi papá que era Canadá. Esto porque los zapatos Canadá, en sus anuncios de televisión, siempre terminaban con la palabra de la marca abajo del dibujo de nuestro país; era lógico, entonces, que ese país fuera Canadá. Como comprenderán, después de decir una serie de imprecaciones contra la preprimaria “Juana Pérez Luna”, mi pobre padre tuvo que darme una buena lección de geografía.

Dos días después de pasarme bastantes ratos de intriga frente a los mapas coloreado de verde perico, amarillo neón, rojo guacamaya y azul cielo del Atlas Geográfico del “Riders Dillest”, una tarde se me presentó un problema que ni la docta inmovilidad de las láminas cartográficas, ni las pacientes palabras de mi padre, me iban a ayudar a resolver. Anunciado por la extrañal turba, dentro de mi casa, de mi abuelo, mis tíos, amigos varios y uno que otro desconocido, ahora resultaba que de regalo de reyes nos íbamos al estadio a ver jugar futbol ¡a México!, y yo nada más no entendía como un país completo iba a echarse un partido en el flamante Estadio Azteca.

-¿Y contra quién juega?-preguntaba rascándome la cabeza.

-Contra Suiza- era la respuesta que aumentaba la intriga, pues para mi la Suiza era una fábrica de chocolates.

Después de que esa semana mi inteligencia y conocimientos se habían puesto severamente en duda, preferí ni preguntar, pero yo no hallaba en donde jugaban esos equipos que no aparecían en la tabla de posiciones del campeonato. Ahí estaban el Universidad, el Cruz Azul, el muy odiado América, el Necaxa, el Universitario de Nuevo León, que era distinto al Léon, el Oro, y otros, pero por ningún lugar aparecían ni México, ni Suiza. La respuesta me vino pensando en mi tío Salvador que jugaba futbol en el Morelia, que tampoco estaba en la tabla de posiciones que cada lunes consultábamos; nunca se veía en la tele, ni existía en los noticiarios y que, a veces, salía en los periódicos junto a otros equipos desconocidos, porque, según decían, eran de segunda división. Entonces me conformé con pensar que México y Suiza eran equipos de segunda división.

Encogiéndome de hombros subí a mi cuarto a vestirme para la ocasión. Como estaba haciendo mucho frío mi mamá me puso un abrigo azul marino de lana que tenía una cachuchita, con lo que fui el blanco de las burlas de mis tíos. A mi no me importaba, como tampoco me importaba que fuéramos a ver un partido de la segunda división, el chiste es que por fin iba a conocer el Estadio Azteca.

Ahí vamos chacoteando dentro de los carros por toda la calzada Plutarco Elías Calles hasta que se terminaba en Río Churubusco, ahí dimos vuelta a la derecha y agarramos Tlalpan por el paso a desnivel. En los carriles centrales iban los tranvías amarillos con la panza verde, atestados de aficionados y con varios chavos de mosca en los techos, felices, bromeando entre ellos, con las manos dentro de las chamarras, las cabelleras despeinadas y hechas bolas, sacando humito por la boca. Y gente y gente y lleno de carros y los camiones hasta los topes, yo pensando que mucho alboroto por un partido de una fabrica de chocolates contra una de refrescos o ropa o ve tu a saber qué era ese equipo de México.

Después de avanzar casi a tientas por el río de coches de la Calzada de Tlalpan, llegamos al Estadio Azteca. Era un esqueleto de concreto, un caracol antidiluviano, una hormiga con concha de tortuga. Un monstruo nocturno que rugía luz por la parte superior y que se estaba tragando a toda la gente que habíamos visto en el camino.  Caminábamos por el estacionamiento donde los autos yacían en hileras tumultuosas, como peces atados a las gigantescas redes marinas del monstruo aquel que era el centro de la noche. Me aproximaba brincoteando de gusto aferrado a la mano helada de mi padre. Subíamos ya por las rampas de cemento aplanadas a fuerza de tantas pisadas y pasos que se daban, cuando comenzó la repartición de boletos que traía mi tío Eduardo en un fajo doblado a la mitad. A todos les fue entregado aquel preciado pedazo de papel y ya cuando todos tenían sus boletos extendí mi mano y le pregunté:

-¿Y mi boleto?

-¡Chin ya se me acabaron!

-¿Y ahora cómo entro?

-Pues te vas a tener que meter a escondidas.

Y cuando dijo esa palabra se me heló la sangre y el corazón se me aceleró y ya me veía yo echando carreras por aquellas rampas del demonio perseguido por policías y cuidadores.

-¡Ya ni la haces hijín!- dije al borde del llanto de chamaco consentido.

-No espérate ya sé qué vamos a hacer. Yo me acerco a la puerta y distraigo a los boleteros y tu te les cuelas por un lado ¿órale?

-Nel que. Mejor dame un boleto.

-Ya se me acabaron… por esta- y que conjura la sacrosanta señal de la cruz con su mano derecha y le da un besito parando el hociquieres de Tin-Tan que tenía.

Ya no me quedaba de otra; si quería conocer el Estadio Azteca tenía que entrarle a la aventura babosa de meterme de colado, sólo porque al menso de mi tío Eduardo se le había olvidado comprarme boleto.

Llegamos al final de la rampa. A mi izquierda estaba la hilera de puertas revolventes, como de super, que había para que entrara la gente. Eran como cinco, vigiladas cada dos por un mismo boletero. Por ahí entraba la gente, le arrancaban un pedazo de boleto y lo hacían pasar a un pasillo que le daba la vuelta a todo el estadio y en donde se ubicaban un chorro de puertas para entrar a la gradas.

Eduardo se adelantó a la cabeza de toda la bola de Casillas e invitados y mientras daba las buenas noches y se hacía el payaso con los boleteros, que me acerco a la barrera de tubos que sostenían a las batidoras aquellas, como a tres metros de donde ellos estaban, y que me sumerjo por abajo de los tubos resbalando los pies e impulsándome para, una vez que estaba del otro lado, pegar la carrera por el pasillo buscando una puerta para ingresar al estadio. A mis espaldas que oigo unos gritos:

-¡Agárrenlo que no trae boleto!

-¡Aguas con el de la gorrita azul es ratero!

Con las piernas temblando y unas súbitas ganas de orinar, que llego a una puerta y que me clavo a la derecha para esconderme. Al dar vuelta me pegué a la pared sintiendo cómo se me salía el corazón por el pecho. Ahí me estuve brincoteando sobre mis temblorosos pies para que no se me salieran los orines, hasta que llegó mi tío Eduardo con una sonrisa:

-¡Vientos hijín te colaste de los policías!

-¿¡Cuales policías!?

-¡Uuuyyy como diez cuicos que salieron tras de ti! ¿no los viste?

-Nel

-Pos ellos tampoco a ti por suerte.

Héctor, Luis Daniel y Silviano, mis otros tíos, tenían una risa de complicidad por lo que pensé que algo raro ocurría. Para no hacerles el cuento largo lo que pasaba era que los niños menores de doce años entraban gratis, cosa que yo no sabía. Pero ahí no acabó todo. Por años seguimos acudiendo regularmente al Estadio Azteca y siempre me hicieron creer que me metían de contrabando. A tal grado llegaron los muy cabrones, que me hablaban por teléfono y me preguntaba que si quería ir al estadio, pero que no tenían boleto para mi, que si iba, me tenía que meter de colado, esa era la condición. Y qué remedio, así que ahí iba; a pegar mis carreras locas con las piernas temblando y aquellas ganas de orinar terribles.

El Estadio Azteca el día de su inauguración en 1966

En fin, el chiste es que de repente ahí estaba, por fin, en el interior del monstruo venerado, en aquellas escalinatas concéntricas que se proyectaban a ambos lados y se convertían en las gradas, donde la gente se apelotonaba en rumor incesante y toques de claxons, estallidos de matracas, golpeteo impaciente y los gritos machacantes de las porras, todo precedido por la luz que emanaba de la cancha, un resplandor verde turquesa enmarcado por la blanca caligrafía distintiva de un campo de futbol.

Ante aquella vision prodigiosa todos mis problemas se olvidaron. Parecía que flotaba mientras bajábamos por las escaleras buscando nuestros lugares, hipnotizado por la belleza de la lisa superficie del pasto inmaculado, brillando en la cóncava penumbra.

Espectación, anticipación y nos frotábamos las manos por el frío y nos tomamos un refresco de naranja. Platicamos cobijados por las dimensiones megalíticas de aquel alero de aluminio que hacía de techo. En el centro, por una elipse planetaria, la negrura de la noche y unas estrellas asomándose sin pagar boleto. Colgando de un cable que viaja de lado a lado del estadio, una piña de altavoces anuncia las alineaciones de los equipos. Comienzan por los trabalenguas suizos, mientras contemplo los tableros electrónicos con el marcador; SUI 0 MEX 0.  Y mientras el ruido gangoso se arranca a recitar los nombres de los mexicanos que son recibidos por la muchedumbre con gritos y trompetazos, una banda de guerra se adueña de la cancha y camina con marcialidad hacia el centro del campo. Destellan los instrumentos y los dorados botones de los uniformes de gala y dos cadetes encabezan el pequeño desfile levantando las banderas de Suiza, un ondear rojo con una pesada cruz blanca en el centro, y la de México, tres rebanadas de una sandía que se comió hace muchos años un héroe de la historia, con una águila devorando a una serpiente encima de un nopal frondoso y suculento.

Rugido, gritería de instrumentos varios, de matracas varias y de hojadelata, es el anuncio de que los equipos se deslizan atléticamente por la cancha. Uno junto al otro en paralelo, dibujan dos lineas rectas encabezadas por el árbitro y los abanderados. Desde las alturas aquello se convierte en aritmética y geometría: rectángulos brillantes, círculos blancos, paralelas y sucesiones de puntos, esperando las fórmulas y teoremas de triangulaciones, balonazos y tácticas guerreras.

Mientras los equipos calientan y pelotean, en la lejanía descubro nada menos que a ¡Enrique Borja! y otros jugadores de la primera división: la elegancia de escaparate de Nacho Calderón, el portero de fotonovela, los bigotazos y la zurda cañón del “Diablo” Pereda, los rizos de oro del “Gansito” Padilla y su arrítmico paso de la bicicleta, la compacta y férrea carrocería de Alfredo Del Aguila.

-¿Oye hijín, este partido no es de segunda división?

-¿Qué?- agarro en curva a Eduardo.

-¿Que si este partido es de segunda división?

-No. Es de selecciones nacionales.

-¿Cómo?- ahora el sorprendido era yo.

-Las selecciones nacionales se hacen con los mejores jugadores de un país. Aquí por ejemplo están Calderón y Chaires del Guadalajara, Coco Gómez del América, Vicente Pereda del Toluca…

-Borja y el “Gansito” del Universidad y así…-le dije intentando sonar inteligente.

-Exacto. Son los mejores jugadores de México. Bueno eso es lo que cree el “Cachuchas” Trelles que es el entrenador y esta bola de güeyes que los vinimos a ver.

La banda militar comenzó a tocar el Himno de Suiza y todos nos pusimos de pie y guardamos silencio. Inmediatamente continuaron con el himno nacional mexicano y ya no me quedó ninguna duda sobre la importancia del partido.

Y yo que pensaba que Suiza era una fábrica de chocolates. Ah pero que baboso. Suiza era otro país como México y también tenían su propia bandera, su propio himno y hablaban otro idioma que no era el español, por eso nunca había oído nombres como los de aquellos jugadores: Prosperi, Tachela, Estierli y etcétera.

-¿Oye y dónde queda Suiza?

-En Europa.

-Ah-volví a fingir inteligencia.

-¿No sabes donde está Europa verdad?

-Pus no.

Y Eduardo que me pone en ridículo gritando a todo pulmón en las gradas del Estadio Azteca:

-¡Oye Jaime, tu hijo no sabe dónde queda Europa!

-Cállate-contesta mi padre de la misma manera y agitando las manos con vehemencia-…el otro día dijo, viendo un mapa, que México era Canadá.

No me quedó otra que sonreír haciéndome el chistoso detrás de mi refresco de naranja, mientras todos me volteaban a ver.

-¿Como te explico?¿Has ido a Veracruz?-eso si lo conocía porque mi mamá había nacido en el puerto y una vez mi abuelito Balo y mi abuelita Herta me habían llevado, así que muy efusivo afirmé con la cabeza- Pues en Veracruz agarras un barco y te vas derecho por donde sale el sol y después de siete días llegas a Europa. -¿Y si te vas en avión?

-Sólo te tardas como doce horas y llegas a Suiza que es famosa por sus relojes, sus chocolates y sus montañas llenas de nieve.

-¿Como el Popo y el Ixtla?

-Andale, nada más que ahí hay más montañas todas blancas de nieve y hay ciudades y pueblos en la nieve y los suizos son buenos para esquiar.

-Si-que mete su cuchara mi tío Luis en la plática frotándose las manos. Ahorita estos cuates están en su ambiente. Ni frío han de tener.

Recordé de inmediato algunas fotografías de el Atlas Geográfico del “Riders Dillest”. Fotografías, que no está de más decirlo, me habían impresionado mucho: a la puerta de su casa estaba un niño con una gorrita azul marino como la mía; era una cabaña de madera de techo inclinado, triángulo educado con amplias ventanas donde reposaban las macetas para los geranios primaverales. Vivía en uno de esos pueblitos a los pies de una tirana montaña filosa y resbalada de nieve suave, tersa, inmaculada, frío misterio de los climas y geografías. Había también bosques de pinos cubiertos por el aromático musgo y rubias despanpanantes caminando forradas en lana de vivos colores, sonriendo con los dientes blanquísimos. Me encantaban aquellas planicies cóncavas alfileteadas por banderines de colores y brillosos esquiadores.

Mi ensoñación y la clase de geografía terminaron cuando Arturo Yamazaki, árbitro, por cierto, peruano, dio el silbatazo inicial del partido y con él los vaivenes de la pelota, los pases, las evoluciones. Era increible cómo cientoytantosmil espectadores podían fijar todos su atención en un solo punto y rebrincar y silbar y maldecir y enojarse y saltar de gusto al unísono. Era un magnetismo que subía de aquel tapete de billar y que creció de intensidad cuando “Coco” Goméz se metió por la derecha y mandó un centro fuerte que Pereda mató con el pecho, la pelota se meció en el aire como en cámara lenta y comenzó a caer mientras un suspiro espectante se apoderó del estadio y antes de que el balón tocara el suelo, lo empalmó con la pierna derecha en un golazo que removió al Azteca completito. Gritos, porras, bocinazos, estampida de matracas y banderas.

En el segundo tiempo Borja se destapó con dos goles. Primero un zapataso potente que pegó en el larguero y se metió y luego un golazo “de cabecita” que cerró la cuenta de tres que la Selección de México le recetó a la de Suiza, la noche del 5 de Enero de 1967. Uno pa’ Melchor, uno pa’ Gaspar y otro para Baltazar.

En el interior del carro, ya de regreso a casa, en el río aquel de faros titiliantes, claxonazos y banderas colgadas de las antenas del radio, comencé a entender bien que aquellos colores que manchaban los mapas, servían para delimitar paises, pero hablaban también de lenguas y lenguajes, de historia, moneda y religiones diferentes. El mundo que ahora estaba atrapado en el interior obscuro de un Buick 58, súbitamente comenzó a agrandarse en la noche mientras yo me empequeñecía. Se hizo redondo y creció en todas direcciones hasta encontrarse con el sol. Del otro lado de la tierra campos iluminados, ríos feraces, blancas cumbres que en blancas curvas se descolgaban hasta nuestros pies, otros árboles y otras manos que se ceñían a su alrededor y un niño se puso su gorrita azul marino para irse a la escuela y al levantar su mochila con sus útiles, vió en el periódico que la selección de su país había perdido con la de México por tres goles a cero.

A la semana siguiente, una buena mañana, salí de mi casa para ir a la escuela. Al abrir la puerta que daba al garage me sorprendio la muy inusual visión del jardincito delantero de la casa cubierto de nieve. Maravillado caminé despacio, queriendo ser ingrávido para no romper los copos a mis pies. Abrí el portón principal y atreví mi cara con anticipada alegría fuera de ella. La nieve atrapaba la cuadra y la hacía bella y melancólica.  En ese momento me acordé y volví a entrar a mi casa a ponerme mi cachuchita azul marino, pensando que sólo dos días antes, en Guadalajara, la selección de México había perdido dos cero con la de Suiza en un segundo partido.

Mientras caminaba hacia la escuela, resbalando mis pies en aquella tierna y suave nieve, pensé en gritar, aunque sabía que era una tontería; “¡Estamos empatados!”, para que me oyera aquel niño suizo que de seguro se disponía a dormir y echaba un vistazo al perchero para asegurarse de que ahí estaba nuestra gorra azul marino y nuestro abrigo.

Era el 11 de Enero de 1967, el feliz día que junto con muchos niños de México, conocí la nieve.

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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3 Responses to Estadio Azteca

  1. RICARDO UGARTE FRICKE says:

    Jaime!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!Me hiciste la tarde!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  2. No recordaba cuando habia nevado, maravillosa experiencia, yo fuí por primera vez al Azteca el 1970 a la inauguracion del mundial es el dia que más he disfrutado un partido, la fiesta, la gente la rechifla, el fut…

    • Gisela Casillas says:

      Que padre esta bro, y me pregunto aquel hombre zuiso que esta a punto de cumplir 50 años comera chocolates?

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