Cuando la envidia es mas que un pecado

Yo vivo en un desarrollo modelo del sur de la Ciudad de México. Un conjunto de más de treinta casas, con áreas comunes que incluyen salón de fiestas, alberca y un cubo de paredes blancas donde se juega squash. Todo está reglamentado al detalle para usarlo racionalmente sin afectar nunca a los demás condóminos. Se sobreentiende que otra de las ventajas de vivir en este desarrollo, es que hay un policía en la puerta y solo deja entrar a las personas debidamente autorizadas, amen de las que viven aquí. Este tipo de condominios han proliferado en nuestro país, ante los problemas de criminalidad, porque ofrecen, en esta estructura de vivir a la vista de todos, una red de vigilancia espontánea, con sus consecuentes cosas buenas, así como muy malas. Pero si de algo puedo jactarme es de que en los quince años que tengo viviendo con mi familia en este lugar, nunca jamás he tenido, ni he sabido, de un robo o de un acto criminal.

Y entonces estás pensando que de la envidia que hablo en el título de este relato es precisamente de tú envidia porque yo vivo en un lugar seguro, agradable, bien reglamentado y en orden. Una especie de oasis en medio de este caos, de este país sin ley.

Pues no.

Porque parece que cada vez que nos enteramos que algo funciona, más o menos, que en algo hay paz y tranquilidad, que en algo hay orden y concierto, las fuerzas primordiales del universo conspiran para que se acabe la armonía y surja el caos.

Resulta que una de las tantas casas vivía un hombre grande. Más allá de los sesenta años. Era alto y flaco y tenía un bigotazo poblado y largo, y una cara como esculpida en madera por algún émulo de Modigliani. Larga era su expresión y acaso su tristeza. Yo veía al hombre siempre con un cigarro en la boca, cuando me lo encontraba en los pasillos, en la calle del condominio. Manejaba un auto monumental y alguna vez tuvo un Mercedes Benz de colección. También lo llegué a ver en el centro de Coyoacán, pues tenía, con su esposa, una papelería muy bien surtida, que era el negocio familiar que los sostenía a todos. A saber, el jefe de familia y sus humaredas de nicotina, su esposa, dos hijas chaparras, feas y rollizas ya casadas, y un adolescente delgado que parecía estar siempre en la luna.

Un día supimos que este señor de los cigarros, tenía otro tipo de problemas y era su adicción a las bebidas alcohólicas. Y se fue y estuvo ausente por una buena cantidad de tiempo. Varios meses, puede ser que más de un año. Se dijo que estaba en rehabilitación.

Un día regresó. Estaba más delgado, lo que ya era como un insulto, y de súbito con la flacura, le habían caído encima los años y la vejez. Caminaba a pasitos cortos y rápidos, en una suerte de andar atorado, de robot de palo, de muñeco roto. Cosa extraña, el cabello seguía abundante y negro. Se decía entre los vecinos que poco habían podido hacer los meses de reclusión, las terapias, los baños de infusiones, los masajes y las sesiones psicoanalíticas, pues se perdía todavía por una botella y por una bebida alcohólica.

Su esposa se iba a trabajar y lo dejaba en la casa. Le ponía bajo llave las botellas. Un día se tomo unas lociones. Para que no se saliera de la casa a beber a una cantina, lo dejaba vestido con unos pantalones cortos y unas chanclas propias para ir a la alberca comunal. Y ahí se metía prácticamente toda la mañana, hasta que llegaba su familia a la hora de comer. En ese lapso la alberca era de él. A sus anchas. A su totalidad, pues nadie acudía a bañarse. Entre semana los niños estaban en la escuela, los adultos trabajando. Incluso otras personas grandes, ya jubiladas, pues hacían algunas cosas y no estaban para andarse metiendo a la alberca.

Así que Don Nicotina disponía del lugar a su anchas. Y se metía al agua. Se salía a fumar. Se volvía a meter. Sa asoleaba. Volvía a fumar. Y así se la pasaba de las diez de la mañana hasta las dos de la tarde, por lo menos. A esa hora llegaba su esposa, lo metía a comer y ya bajo su vigilancia transcurría la tarde, haciendo quién sabe qué cosa. Y así pasaron algunos meses.

Un día a alguien se le ocurrió poner en renta una casa del condominio y evidentemente a la hora de enseñar las virtudes de la casa, pues se incluían las áreas comunes tan bonitas y arboladas. También el cubo blanco del squash, el salón de fiestas y la alberca. Y cuando entran a esta última, la instalación joya de la corona del desarrollo, los futuros inquilinos se encuentran a Don Nicotina disfrutando de sus baños de sol, absolutamente encuerado. Claro, el hombre aquel en aquella soledad diaria, un día se le ocurrió que para qué usaba los ridículos pantalones cortos con que lo dejaba su esposa, así que pasaba casi todo el tiempo desnudo en libre convivencia con la naturaleza y la humedad de la naturaleza.

Se armó la de dios es padre. La dueña de la casa que se rentaba levantó una protesta ante la junta de vecinos y todos fuimos convocados a una reunión extra urgente donde teníamos que decidir a la brevedad, qué acción tomar ante una falta tan grave al reglamento del condominio. Por supuesto que lo que se discutía era que Don Nicotina dejara de usar para siempre las instalaciones de la alberca. Ahí levanté mi mano para intervenir. Mi alegato consistía en que nosotros no entendíamos lo que pasaba por la cabeza de ese pobre hombre. Era un alcohólico y posiblemente tenía problemas mentales más serios. Yo imaginaba, que lo más importante de su día, eran esas cuatro horas que pasaba en absoluta soledad en la alberca del condominio. Yo imaginaba que debería ser un momento increíble. La verdad hasta envidia me daba poder estar tirado al sol encuerado un rato en la mañana. Así que mi propuesta era que todos los días entre semana, se destinara un horario de dos horas, de diez a doce, si les parecía, para que la alberca, que por lo demás nadie usaba en lo absoluto, fuera plena y únicamente ocupada por Don Nicotina para que pudiera hacer en ese tiempo lo que se le viniera en gana. Ya estarás adivinando la respuesta. Me tildaron de loco, de provocador, de incoherente. Por supuesto nadie aceptó mi propuesta. Claro que lo que yo pensaba es que no podían aceptar que cuando ellos llevaban tres horas trabajando en su oficina, en su propia alberca, hubiera un señor asoleándose encuerado. Pero era el deseo secreto de todos. Sólo que yo había sido el único en aceptarlo abiertamente.

Sinceramente sigo pensando que era la mejor solución que podíamos haber encontrado al problema con nuestro vecino, sin embargo todos los condóminos me ven pasar y se ríen. Sé que me señalan. Ahí va el loquito ese. El que le gustaría vivir encuerado bajo un árbol comiendo bananas. Por supuesto que Don Nicotina ya no puede acudir a la alberca. Eso lo decretaron todos los condóminos en pleno uso de sus facultades mentales. ¿Qué ganaron? ¿Restituir la paz y el orden? ¿El orden de quién?

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About Jaime Casillas-Ugarte

Desde México, tratando de entender este misterio.
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8 Responses to Cuando la envidia es mas que un pecado

  1. José Manuel Ramírez says:

    La libertad… extraña presea de la modernidad traicionada desde la Grecia Helénica, vuelta traicionar en el senado romano y el gobierno de la señoría de Florencia del cuatrocientos, para finalmente ser sepultada por la restitución de la monarquía justamente en la Francia de principios del siglo XVIII, unos cuantos años después de La Declaración de los Derechos del Hombre… pero, ¿qué es la libertad? Una joya de difícil extracción en la mina de nuestro olvido.

  2. José Manuel Ramírez says:

    La libertad… traicionada desde la Grecia Helenística, vuelta a traicionar en el senado romano y el gobierno de La Señoría en la Florencia del cuatrocientos, y una vez más traicionada en la restauración de la monaquía en la Francia del siglo XVIII, unos cuantos años después de la Declaración de los Derechos del Hombre… una joya de difícil extracción en la mina del olvido.

  3. Lo más difícil de aceptar es la diferencia. Por eso en nombre del orden y un supuesto “orden natural”, que nadie sabe quién dictó, los censores, que son unos envidiosos de la felicidad ajena, sobre todo cuando esta se basa en que alguien hace algo que nosotros anhelamos también hacer, pero no nos atrevemos a infringir ese código de “buen comportamiento”, ejercemos la represión…

    En fin que tu pequeña anécdota de “casos de la vida real”, tiene más jiribilla que la naturalidad y sencillez de tu texto no puede ocultar y nos obliga a reflexionar, sobre todo en la “nostalgia de una libertada nunca encontrada o asumida”.

  4. Maf says:

    Me gustaría ser Don Nicotina, pero sin la nicotina…con la pura alberca !

  5. RICARDO UGARTE FRICKE says:

    Bien. con “C” de casillax.

  6. RICARDO UGARTE FRICKE says:

    Bien. con “C” de Casillas.

  7. Roberto OzzO says:

    No es lo más natural la desnudez del ser humano?!… Disfrutemos y compartamos !!!
    Maesse Casillas saludos.

  8. Mario Montes Pozo says:

    Seguro el señor Nicotina morirá pronto, encuerado, en interiores que es lo peor, ojalá que por lo menos esté viendo la alberca a través de la ventana. mientras todos los demás lo recordarán cuando desde su más primitivo instinto les nazca arrancarse el traje de baño mientras se remojan en la alberca…
    Me encantó.
    La lucidéz no encontrará mucho refugio entre ésas cómodas paredes del conjunto habitacional…suerte

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